"En el Ensayo sobre la Literatura Inglesa que ha publicado el célebre vizconde de Chateaubriand, ha hecho, como él dice, una pequeña intriga a sus memorias póstumas (Memoires d´outre-tombe) publicando algunos fragmentos, entre los que se encuentra el arriba anunciado. En él la pluma del autor de Los Mártires respira ya el aire melancólico y solemne de la muerte; se reconoce que ha recordado en cada renglón que iba alegar a la posteridad, el juicio de un muerto famoso sobre otro hombre célebre que tampoco existía ya; y ante el tribunal de una posteridad que ninguno de los dos vería, sus pensamientos han tomado una elevación solemne, un tono grave, que en el mismo Chateaubriand se hace notar. Oigámosle. 

“Lord Byron ha dejado una escuela deplorable y presumo que los Child-Harolds que vio nacer bajo su ejemplo, lo desolarían tanto, como a mí los Renes, que desvarían cerca de mí. Los sentimientos generales que constituyen el fondo de la humanidad, tales como la ternura de un padre y de una madre, la piedad filial, el amor y la amistad, son inagotables y suministrarán eternamente nuevas inspiraciones a los talentos capaces de desarrollarlos; aunque el modo particular de sentirlos, la individualidad del espíritu y del carácter, no pueda extenderse ni multiplicarse en grandes y numerosos cuadros. Los pequeños rincones aún no descubiertos en el corazón humano, presentan sólo un campo muy estrecho y en el que nada puede recogerse después de una mano ha segado la primera. Una enfermedad no es el estado permanente y natural del alma, para que reproduciéndola se pueda hacer de ella una literatura, como de esas pasiones fecundas incesantemente modificadas por la imaginación de los artistas que las manejan y revisten de diversas formas. 

“La vida de Lord Byron ha sido objeto de muchas investigaciones y calumnias. Los jóvenes tomaron seriamente sus palabras magníficas y las mujeres se sintieron dispuestas a dejarse seducir pavorosamente por este monstruo; quisieron consolar a este Satanás solitario y desgraciado. Y con todo, ¿quién sabe si él no logró encontrar la mujer que buscaba, una mujer hermosísima y con un corazón tan vasto como el suyo?

“Byron según la opinión fantasmagórica, era la antigua serpiente que sedujo y corrompió al hombre, sólo porque había conocido la incurable corrupción de la especie humana; era un genio de fatalidad y de sufrimiento, colocado entre los misterios de la materia y de la inteligencia; que no veía una sola palabra del enigma del universo; que miraba la vida como una ironía afrentosa y sin causa, como una sonrisa perversa del mal; era el hijo primogénito de la desesperación que desprecia, que reniega y que llevando en sí misma una llaga incurable, se venga arrojando el dolor por el camino de los deleites  cuanto se le acerca; era un hombre que no había pasado por la edad de la inocencia y que no había sido ni aún abandonado y maldito de Dios, porque salió ya réprobo del seno de la naturaleza, porque era el condenado de la nada.

“Tal ha sido el Byron de algunas imaginaciones ardientes. Ninguno de los hombres cuya memoria pasa a la posteridad llega a ella tal como ha sido; pasado algún tiempo comienza su epopeya; se idealiza un personaje, se le transfigura, se le atribuyen un poder, vicios y virtudes que jamás tuvo, se coordinan los sucesos de su vida, violentándolos y haciéndolos plegar a un sistema. Los biógrafos repiten estas mentiras, los pintores fijan en el lienzo estas invenciones y la posteridad adopta el fantasma. ¡Cuán locos son los que creen en la historia! La historia es un mero embuste. Como la compone y adereza un grande escritor, así queda para siempre, y aun cuando se encontrarán memorias que demostrasen hasta la evidencia, que Tácito ha contado imposturas, refiriendo las virtudes de Agrícola y los vicios de Tiberio, Agrícola y Tiberio quedarían como Tácito los ha hecho.

“En Byron se encuentran dos hombres diversos; el hombre de la naturaleza, y el del sistema. El poeta advirtiendo el papel que el público le hacía representar, lo acepta y se pone a maldecir al mundo, que al principio miraba sólo fantásticamente: esta marcha es sensible en el orden cronológico de sus obras. En cuanto al carácter de su genio lejos de tener la universalidad que se le atribuye, es por el contrario bastante limitado a un género; su pensamiento poético y apasionado es siempre un gemido, una queja, una imprecación, y en esto es admirable. Al poeta deben pedírsele sus cantos y no sus pensamientos.

“Lord Byron tuvo un talento grande y variado, aunque de influencia funesta y de una naturaleza propia para agitar: había leído bien a Voltaire y lo imitó muchas veces. Cuando se sigue paso a paso en su carrera al gran poeta inglés, es fuerza admirar de qué manera comprende su asunto, como casi nunca se extravía del objeto propuesto, el modo con que se conserva siempre en la actitud conveniente y el arte con que lo arregla todo, para arrastrar en su favor: si algunas veces afecta un carácter original, bizarro y singular, esto en general proviene del carácter inglés. Por otra parte, si Lord Byron ha expiado su genio con algunas debilidades, el provenir se ocupará poco de estas miserias, si no es que las ignora del todo: el poeta ocultará al hombre; entre él y las razas futuras se interpondrá el talento, y a través de este velo divino la posteridad no percibirá más que al Dios.

“Lord Byron ha constituido una época, y ha dejado tras sí una huella profunda e imborrable. 

“El accidente que lo hizo cojo y que tanto aumentó su carácter salvaje no habría debido afligirlo; puesto que no le impidió ser amado. Mas desgraciadamente el poeta no colocaba siempre sus afecciones a bastante altura y las recibía de muy bajo.

“Compadezcamos a Rousseau y a Byron de haber incensado altares poco dignos de sus ofrendas: tal vez avaros de un tiempo del que cada minuto pertenecía al mundo, no quisieron más que el placer, dejando a su genio que lo transformara en pasión y en gloria. A sus liras tocaban la melancolía, los celos y los dolores del amor, mientras que a ellos  no pertenecía más que la voluptuosidad y su suave sueño; buscaban fantasías e infortunios, lágrimas y desgracias, la desesperación de la soledad, la inspiración de los vientos, de las tinieblas, de las tempestades, los bosques y los mares, y venían a componer para sus lectores los tormentos de Childe-Harold y de Saint-Preux sobre el seno de la Padoana y del Can de la Madona. 

“De cualquier modo, en el momento de su delirio la ilusión del amor era completa; por lo demás, bien sabían que estrechaban en sus brazos la infidelidad misma, fugitiva como la aurora, y ella tampoco los engañaba con un falso semblante de constancia, ni se condenaba a seguirlos cuando se extinguiera la ternura de alguno de los dos. Sumado todo, Juan Santiago y Lord Byron han sido desgraciados; esta era la condición de su genio: el primero se ha envenenado, y el segundo fatigado de sus excesos y sintiendo la necesidad de ser estimado, ha vuelto a las riberas de esta Grecia en la que su musa y la muerte lo han servido a su vez tan bien”.—M.O."  

El Museo Mexicano, Tomo I, México, 1843, Imprenta de Ignacio Cumplido, pp.16-17.

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