Yo he asistido a los festines estrepitosos: yo he oído las vibraciones de una música ardiente, y he visto a la beldad, al amor, a la naturaleza y al arte concurriendo para embriagar los sentidos de felicidad, para anegar el espíritu de un mar de placer: ¿por qué han tenido siempre estos espectáculos para mí un aire de indiferencia? ¿Por qué no se han relacionado con mi corazón, siempre solitario y doliente? Acaso son demasiado materiales esos goces; acaso niegan una participación directa al alma de esencia espiritual y divina, que necesita satisfacciones íntimas y desconocidas para esos hombres que todo lo refieren a la materia. Yo no sé; pero en el fondo de esa felicidad pasajera, queda una hez demasiado amarga, porque la verdadera felicidad es solo del que la siente; es una flor virgen que en medio de la sombras derrama su perfume; es una corriente límpida y oculta que se enturbiará con el contacto del viento. Yo he sorprendido la lágrima de dolor de la hermosura, circundada del esplendor de la opulencia; en el lecho de oro duerme el tirano; inquieto el asesino escucha en todas partes el clamor de sus víctimas: ¿dónde volverá  el rostro el seductor, que no encuentre recuerdos de su crimen? ¿Cómo huir el malvado de sus tenaces remordimientos?
La felicidad es un bien porque se ansía; pero que se busca en la engañosa senda de la vida, a la pérfida luz de nuestras pasiones caprichosas; felicidad que algunos simbolizan en la ignorancia; felicidad; que personifican en el sueño del niño y la apacible perspectiva de un cielo sereno; felicidad que se materializa con la saciación de nuestros apetitos, con la realización de nuestros sueños mortales. ¿Eres tú la felicidad verdadera?
¿Eres una luz que se percibe indecisa entre las tinieblas del mundo y que sólo se ve refulgente y pura del otro lado de la tumba?
¿Eres la paz del alma? ¿Serás tan vaga, tan indeterminada y tan fútil, que confirmes el terrible pensamiento del filósofo, que decía: “feliz aquel que pierde el juicio creyéndose feliz?
¿Tan independientemente es la felicidad de la razón, de este distintivo sublime del hombre, de este título con que se llama hijo del Eterno? ¡Infeliz humanidad, que necesitas hacer víctima tu inteligencia por un bien que jamás alcanzas, y que no te es dado comprender!

 

Obras del Sr. Lic. D. Mariano Otero, las publica su hijo Ignacio Otero, México, 1859, Tipográfica de Nabor Chávez. Tomo I (único publicado), pp. 217-218.

 

Se abrirá en otra página