Un paredón, el agua que destila, y algunas hierbas…
¡Ved aquí qué elementos tan sencillos, qué materiales tan escasos! Y sin embargo, tales como son han bastado a la naturaleza para formar con ellos una preciosísima. No es una escena de grandeza, como una catarata, ni de terror como una tempestad; es un cuadro risueño, movible y pintoresco, cuya vista sólo excita dulces efectos y suaves emociones.
Hay en lo interior de las minas algunas rocas verdes y cenicientas, hendidas y cubiertas  de cristalizaciones, entre las que brilla la plata enmarañada. Es lo único con que aquel cuadro pudiera compararse. Figuraos una colina de poca evaluación, verticalmente cortada, hendida en varios puntos, ligeramente excavada hacia su base, medio cubierta por una cortina de ramas de diferentes formas y verdores, con festones de mirtos y flores amarillas que de ellas están colgando; bajo de este ramaje flotante sigue un tapiz de musgos  y de céspedes verdes o rojizos, cenicientos, negruzcos o amarillos; y de entre estos musgos, blandos como un cojín de seda, el agua está brotando en una multitud de manantiales con un ruido del todo semejante al que formará un aguacero. Estos pequeños torrentes parecen a veces tan inmóviles como si fuesen de cristal: se necesita tocarlos para conocer que corren; se creería que eran unos cilindros de oro, cuando por ellos se trasluce el amarillo de los céspedes. Estos cilindros de presentan en otros puntos móviles y retorciéndose en formas espirales. Se ven también pequeñas oquedades entapizadas de musgo alimonado, y por entre él sale un manantial murmullando. Otras veces el agua se desliza con suavidad por un declive, pasa por él, transparente y silenciosa, cae sobre una piedra formando en ella una cascada en miniatura, y así se precipita el arroyuelo. En otros puntos, los hilos de agua que salen de una bóveda, se pierden entre el musgo, y, filtrándose por él, van a salir en otro punto, formando un manantial que corre y serpentea  más bullicioso. En algunos huecos el agua cae de tal modo, que forma una tela ligerísima, tan cristalina y transparente, que por entre ellas e ven las hierbecillas. Hay piedras que el agua cubre tomando la forma de una concha, y esta agua forma en otras partes un cilindro bastante grueso, hueco y transparente. En fin, en cada punto los manantiales presentan diversas perspectivas, variando a cada instante su giro y direcciones ; el agua cae gota a gota, brota con fuerza, o se desliza suavemente; pasa con prontitud, o serpentea murmullando; se filtra, o corre con ligereza; reboza en algunas fuentecillas, o cubre alguna piedra como una gasa transparente; se esparce como el rocío; o cae como una lluvia; se pierde entre los musgos, o se precipita levantando al caer bombillas espumosas; corre con lentitud, o queda inmóvil, diáfana como un trozo de hielo. Todo pasa por una mágica  transformación cuando el sol brilla sobre estos manantiales: parece entonces una reunión de prismas, o de estalactitas de nitro, formadas por la destilación entre una gruta; o una cristalización de roca, labrada sobre un jaspe verde y matizado ; las gotas que chispean son como perlas, las arenillas brillan como diamantes , y como granos de oro el rocío esparcido entre los musgos amarillos; el agua que gotea de rama en rama , que tiembla como una lágrima sobre las hojas, se parece a una lluvia de esmeraldas.
Una mariposa que salga de entre las aguas, sacudiendo sus alas amarilla, una azul efímera que se venga a mecer entre las ramas, bastan para animar todo este cuadro. ¡Qué melancólico será cuando la luna lo ilumine  con pálidos reflejos: cuando su luz de perla brille sobre estos manantiales cristalinos; cuando el arroyuelo centellee como plata que en el crisol se está fundiendo; cuando el silencio de la noche no se interrumpa sino por el dulce murmullo de las aguas!... Entonces… ¡Ay… Los recuerdos de amor brotarán en nuestra alma como los manantiales  de esta fuente, y los suspiros saldrán del corazón como el soplo de un breve vientecillo. No hemos podido gozar de este espectáculo; pero en el día, el Aguacero no excita sino ideas halagüeñas, y un sentimiento de bienestar indefinible. Es un sitio que la inocencia y el amor pudieran consagrar a sus placeres.

 

 

Obras del Sr. Lic. D. Mariano Otero, las publica su hijo Ignacio Otero, México, 1859, Tipográfica de Nabor Chávez. Tomo I (único publicado), pp.199-201.

 

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