Señores: El deber que hoy hemos venido a cumplir, es un deber consagrado por la gratitud nacional y por la piedad del género humano. En la vida de los pueblos, como en la vida de los hombres, lo sucesos que han pasado dejan recuerdos y memorias perdurables, y tan variados como los sentimientos del alma.

La alegría y el placer solemnizan el aniversario de la gloria y de la fortuna. El orgullo y la injusticia señalan también con estrepitosas aclamaciones el día que vuelve con la memoria de los conquistadores de la tierra; y el sol alumbra otra vez las lágrimas del dolor, cuando en su curso reproduce los días en que las naciones han sucumbido luchando con el infortunio.

El recuerdo de hoy, no se parece a ninguno de estos recuerdos; y los sentimientos que excita son tan indefinibles y variados, y las emociones que produce tan misteriosas y sublimes, que la débil palabra del hombre no acierta a descifrarlas ni a describirlas. Desde que nuestra patria se cuenta entre las naciones de la tierra, cada vez que este hermoso día luce sobre el horizonte, alumbra una fiesta nacional, en la que millones de hombres, algunos por la primera vez, y otros   también por la última, todos saludan extasiados de gozo y de placer, el instante en que a la voluntad del Eterno, se interrumpieron tres siglos de silencio y de pena.

Y este espectáculo cada año repetido, y estas memorias de gloria y de gratitud siempre reproducidas, y estas emociones de júbilo y de entusiasmo, y estas esperanzas dulcísimas de consuelo y de bienestar, transmitidas tantas veces desde esta tribuna, y expuestas bajo tan variadas formas, no han perdido nada de su encanto y de su novedad; porque los sentimientos sublimes y elevados del corazón son inagotables, como el soplo de la Divinidad que los infundió en el alma del hombre.

Este recuerdo, señores, esta memoria del 16 de Septiembre de 1810, este aniversario solemne de la hora en que el humilde párroco de un pueblo oscuro y olvidado, seguido apenas de un puñado de hombres inermes, consagró su vida en holocausto a nuestra patria, proclamando el primero su emancipación; no es simplemente un fasto nacional que cualquier otro pueblo envidiaría. La humanidad nos reclama esta gloria como una de las más brillantes de su carrera: la virtud presenta para esos hombres las más bellas é inmarcesibles coronas de gloria, y la religión consagra su memoria como la de los sublimes instrumentos de uno de los designios más admirables de la Providencia. 

Pueblo de ayer, nación nueva e inexperta, una de las páginas más bellas de la historia del hombre es ya nuestra; y bien podemos en esta solemnidad meditar sobre el papel que la Providencia nos ha confiado en el universo, para conocer toda la importancia y grandeza de los recuerdos de este día.

El descubrimiento, la vida, los combates y la libertad del Nuevo Mundo, han sido uno de los sucesos más admirables de la historia, una de las revoluciones más prodigiosas de la especie humana; y con todo, multitud de generaciones que habían visto estos sucesos, pasaron desapercibidos de su verdadera grandeza, porque no se habían verificado todavía los acontecimientos que revelaban los designios de Dios.

Trescientos años hace, señores, cuando la inteligencia despertaba del profundo sueño de muchos siglos; cuando el espíritu de investigación y de duda que todo lo ha cambiado y destruido, se presentaba sobre el cielo como el pálido crepúsculo de un planeta desconocido, en la hora de los descubrimientos más asombrosos y en la víspera de revoluciones terribles, el Nuevo Mundo apareció a la Europa admirada, risueño como una fábula, magnífico como una nueva creación, precioso como el más rico de los tesoros otorgados al hombre.

Las generaciones que escucharon aquella nueva, no podían predecir el porvenir, no podían sospechar los cambios inmensos que se iban a verificar, y la raza de Europa con sus tradiciones de salvación y sus tesoros de esperanza, corrió presurosa al Nuevo Mundo, sin sospechar los misterios de que iba a ser instrumento; sin ver siquiera que Dios la había dividido en dos porciones, y que había confiado cada una de ellas a un mundo distinto, para que ambas crecieran y vivieran de una del todo diversa. En el espacio de algunos años, unos cuantos pasajeros atravesaron las olas del océano silenciosos y meditabundos; y otra con grandes y solemnes pensamientos religiosos, ora con alborozadores proyectos de fortuna, arribaron a las playas del Nuevo Mundo, como la simiente que Dios hace que el torbellino conduzca a una tierra nueva que la fecundara con su calor virginal: los designios de la Providencia eran todavía un secreto.

Pero muy luego el movimiento de la especie humana comenzó á hacerse notar, y la historia de estos tres siglos mostró el diverso papel que aquellas dos secciones hicieron durante este época en la revolución asombrosa de que nuestra vida ha llegado algunos momentos. Mientras que los pueblos de Europa, agitados por el impulso de nuevas ideas que adquirían, y de las nuevas necesidades que se habían formado luchaban ardorosos contra las instituciones heredadas de los siglos; mientras que la reforma devoraba el norte como un incendio que todo lo destruye, y ponía a discusión  las más grandes y terribles verdades, las verdades religiosas; mientras que el espíritu de duda y de independencia que ella había afirmado, se aplicaba a la ciencia de los derechos y deberes, y animaba a los hombres para buscar instituciones políticas fundadas sobre sus derechos y calculadas para su felicidad, produciendo revoluciones espantosas; a la hora en que los tronos caían, en que las clases se confundían por la destrucción, y en que el pueblo venciendo a sus enemigos ensayaba el modo de organizar su fuerza y su imperio; durante estos tres siglos tormentosos, la raza del Nuevo Mundo, exenta de cuidados y guarecida de las tempestades de su tierra natal, crecía quieta y pacífica, robusta y vertiginosa; y más de una vez, las tristes miradas de las víctimas de aquellas conmociones, señalaban la América como el refugio de su poder amenazado. ¡Vano error!

La América estaba reservada para consumar aquella revolución. Todos los principios que la inteligencia conquistaba, todos los medios de perfección y de progreso que la humanidad adquiría, entraban a formar parte de sus riquezas, sin que le costaran ni sangre ni combates. Y cuando esos principios estaban ya adquiridos y reconocidos; cuando las revoluciones habían demostrado la fuerza y el poder de estas ideas; cuando solo faltaban pueblos suficientemente preparados para la revolución, pueblos en que las instituciones antiguas no tuvieran las hondas raíces, que en Europa las harán subsistir todavía por algunos siglos; entonces Dios llamó a la raza trasplantada, quebrantó las cadenas de aquellos pueblos que con solícito cuidado había hecho crecer en los ignorados bosques del Nuevo Mundo, y los lanzó en el combate para que peleasen, primero por su propia Independencia, y después por realizar aquel estado social a que estaban llamados, y que es todavía la utopía del mundo antiguo.

Esta ha sido, señores, la revolución del Nuevo Mundo, y éste el acontecimiento de que hoy nos ocupamos, porque hoy hace treinta y tres años que este combate comenzó entre nosotros. El movimiento de Dolores no fue, pues, la obra de la casualidad, ni el simple esfuerzo de una colonia, que quiere sacudir el yugo de la metrópoli. Considerando los sucesos con alguna más extensión y profundidad, vemos que aquella empresa no fue más que un medio de hacer triunfar una causa más grande y más universal todavía, la causa de la emancipación de la especie humana. 

El principio de la libertad de México, fue tan puro y sublime, como lo era su causa. Ningún nuevo impuesto había hecho sentir la dura mano de la metrópoli. Ningún infortunio nuevo había venido a recordar la dura y humilde condición de esclavo. Por el contrario, México acababa de pasar por la época más brillante que tuvo de colonia; acababa de ver en su seno matemáticos, poetas, juristas y sabios, que le hubieran dado un nombre en Europa; se estaba enriqueciendo con preciosos momentos de las artes: su prosperidad material crecía todos los días; y ni aun vislumbrase podía, hasta donde la amenazaran las revoluciones y la decadencia de la madre patria.

Mas el estado colonial, y las consecuencias indispensables de él, eran un agravio y una afronta permanentes; y sin mezcla de ningún interés material, y sin un acontecimiento visible que determinara aquella grande revolución, los hombres escogidos por Dios para sus instrumentos, revolvían con dolor en su corazón los agravios de su patria, meditaban sobre los derechos imprescriptibles de las generaciones humanas, y se concertaron para alzar el sagrado pendón de la Independencia; ese pendón, señores, que ahora miro ondear majestuoso y brillante sobre nuestras cabezas, y que en ese día flameó por la primera vez al sonido de un grito de muerte, y a la luz pálida del estallido del cañón.

Los mismos que proclamaban la emancipación ignoraron quizá, como ignoramos hoy también nosotros, las consecuencias inmensas que iban a realizar. ¡Quién es el que conoce los arcanos del porvenir! El pendón glorioso de la Independencia, cuando se alzaba terrible y amenazante, anunciaba sucesos incomprensibles y proclamaba principios de consecuencias incalculables. Esa bandera, señores, proclamaba la emancipación de millones de hombres destinados a la esclavitud, en favor de una corte lejana y ávida de sus riquezas; proclamaba el dogma santo de que estos hombres, libres por la naturaleza, tenían derecho de organizar su asociación política de manera que lo creyesen más conveniente a su propia felicidad; proclamaban la igualdad de todos los derechos y de todas las obligaciones, extinguiendo las distinciones absurdas y funestas, que han dividido a los pueblos en dos razas, la una de señores y la otra de esclavos, y proclamaba en fin, la máxima fundamental de la libertad del pensamiento, que conduce a todas las mejoras, y sanciona y protege todos los derechos.

Estos principios, proclamados en diversas épocas, y desarrollados de mil maneras diferentes, constituían la verdadera cuestión de la Independencia, y abrazaban en su conjunto todas las verdades, todos los derechos de la especie humana; la libertad del pensamiento, la libertad civil, la libertad política, la libertad religiosa; en una palabra, la libertad radical y completa de la especie humana, sancionada por el dogma de la igualdad y encaminada a la perfección moral del hombre. Si nos ha tocado la gloria de combatir por estos principios, o la de realizarlos sobre el mundo, lo dirá el porvenir, y lo revela ya el examen de los elementos con que contamos, y de los resultados que hemos obtenido.

Pero tan pura, tan grande y tan noble como es esta causa, por ella nuestros padres pelearon sin cesar durante once años; y México puede levantar orgullosa la cabeza   para recordar cómo ha luchado por la emancipación de la especie. Un grande pensador ha dicho: “Que la Providencia es parca con sus grandes hombres, y que no los manda al mundo sino cuando van a gobernar acontecimientos de su tamaño”; y por cierto que para la Independencia de México Dios no escaseó sus tesoros.

Buscad todas las grandes acciones que la historia enumera; inquirid cuáles son las altas cualidades que han constituido a los héroes, cuya memoria el universo admira; recordad los sacrificios más largos, más costosos, y más sangrientos que presenta la historia de los pueblos y veréis que estos once años todo lo encierran y todo lo abrazan; que no hubo una virtud que no se consagrase por un recuerdo sublime, ni cualidad eminente que no brillase en algún raro y escogido modelo. La prueba de todo esto es la historia de once años, los hechos que en ese periodo han pasado por el testimonio de un pueblo entero.

Naciones hay que contarán acaso el número de sus mártires, y el de sus campos de batalla, y podrán perpetuarlos hasta sus últimos descendientes. Nosotros hemos asistido, se puede decir, al sacrificio completo de una generación: los combates fueron diarios y sangrientos; y muchas veces el sol en un mismo día alumbro diversos campos de batalla, todos llenos de víctimas y cubiertos de sangre… Nunca hubo un combate más obstinado y sangriento, y ningún pueblo de la tierra pudo repetir con más verdad, que sus campos habían sido talados, sus casas y sus ciudades entregadas al fuego; y sus hijos, sus esposas y madres, abandonadas a una desolación universal. Los hombres caían a millares, como las hojas sacudidas en los bosques por la furia del huracán.

Y todos estos sacrificios eran puros y sublimes. Los grandes hombres de la Independencia que hoy celebramos, no corrieron tras de los honores ni el mando: su patriotismo nada tenía de equívoco, con el de los que conquistaban puestos públicos en nombre de la libertad, o el reposo de las naciones: su vida fue una vida de sacrificio y de consagración, y la muerte el único destino de que estaban seguros. La muerte segaba todos los días sus cabezas preciosas en los combates y en la cadalsos; y ante el cañón enemigo, como bajo la mano del verdugo, su firmeza y su valor no se desmintieron jamás. La posteridad tendrá en esa guerra incontables ejemplos de magnanimidad que imitar, y la muerte de Hidalgo, de Morelos y de Mina, podrán compararse a los más admirables ejemplos de la antigüedad. El heroísmo llegó a ser vulgar, y dejó de sorprender…

Pero, señores, acaban de salir de mis labios nombres que ningún mexicano puede pronunciar sin orgullo y sin ternura. ¿Qué hay más admirable y más sorprendente, que la marcha en que el joven Navarro con solo un puñado de héroes, atravesó un país desconocido y enemigo, derrotando cuanto se oponían a su marcha, deshaciendo ejércitos siempre diez veces mayor que el suyo, y penetrando así hasta el interior del país, donde abandonado de la fortuna y no de su corazón, halló la muerte de los héroes? ¿Qué nación del mundo, ni qué revolución humana hubiera desdeñado a Morelos por caudillo…? ¿Ni qué hay tan grande, poético y sublime, como el anciano de Dolores, que desconcertado en sus proyectos, en el momento que iba a ser descubierto, va y toca la humilde campaña de su iglesia, proclama la libertad del Nuevo Mundo, en el silencio de la noche, y se lanza luego al combate, hiriendo y destrozando por todas partes?

Los objetos colosales, señores, no pueden comprenderse aun viéndolos a la distancia conveniente; y solo dentro de algunos años, y a la vuelta de algunas generaciones, podrán conocerse a los que vimos demasiado en el mundo, para que podamos juzgarlos bien en la historia; y entonces, cuando se contemplen estas figuras ya lejanas o iluminadas de gloria, tendrán para la posteridad tanta grandeza y tantas maravillas, que los héroes ensalzados por el canto de los poetas, parecerán pequeños, como son pequeñas las concepciones del hombre ante las grandiosas creaciones de la Divinidad. Solo entonces se conocerá lo que valían Galeana y Matamoros, Allende y Cos, Rayón y Moreno, Guerrero e Iturbide.

Y entonces solo también, señores, se conocerá la pérdida deplorable que la república acaba de hacer en este último y luctuoso año, en el que con tantas ilusiones  perdidas y tantas esperanzas cruelmente burladas han desaparecido de en medio de nosotros. D. Miguel  Ramos Arizpe, D. Guadalupe Victoria y Doña Leona Vicario de Quintana. Es este el primer año que la posteridad existe para ellos; son estos los días en que el sepulcro ha puesto el sello a su gloria; y es esta por consiguiente la primera vez en que sus nombres pueden ser proclamados en esta solemnidad, consagrada a la memoria de aquellos a cuyas virtudes heroicas debemos esta nacionalidad que celebramos.

Paguemos, pues, a su memoria este primer tributo de gratitud: lloremos ¡ay! A los que hemos perdido sin que falte nada a su fama, cuando es cada día más triste e irreparable su falta. Le generación de la gloria va desapareciendo ante la generación del dolor y del infortunio…

Señores: Al venir a este lugar, al consagrarnos a este recuerdo, las heridas del corazón se habían cerrado, y el alma podía olvidar sus dolores: esta memoria las viene a abrir de nuevo. ¡Cuántas veces viendo la suerte de los grandes hombres de la Independencia, hemos podido preguntar con vergüenza y con dolor, para qué los había dejado Dios entre nosotros!

¿Por qué Cuilapa no reclamó su víctima ilustre, cuando la cólera del Señor habría arrojado sobre otros pueblos la sangre, después traidoramente vertida por nosotros? ¿Por qué el último y no por cierto el menos grande de los héroes de la Independencia, debería ser la primera víctima de nuestras infortunadas revueltas, la primera víctima, cuyo sacrificio invocaría la venganza del universo y del cielo?

Para qué Victoria escapó al suplicio, a los combates y á la miseria, si su nombre purísimo y sin mancha había de venir a perderse en el fango de las guerras civiles; si había de morir oscuro y olvidado, el que fue un modelo de constancia y de virtudes republicanas? ¿Ni qué tenemos derecho a reclamar, cuando hemos visto morir en Ramos Arizpe, a uno de los padres de la Independencia y de los ardientes defensores de la libertad, sin que sus conciudadanos se apresuraran a hacerle los últimos honores, sin que su memoria haya recibido todavía los homenajes debidos a su valor, a sus servicios y a su consagración perpetua a la causa de la república? La heroína a quien lloramos hoy también, después de haber mostrado que las mujeres tiernas y delicadas, que nacen bajo el cielo de los trópicos, igualaban la grandeza de ánimo y la sublime piedad de las nobles romanas, ha desaparecido igualmente después de haber llorado lo que todos hemos visto, nuestras fortalezas selladas con las huellas de un pabellón extranjero, a Tejas perdido, y a la república dividida en fracciones, que se despedazaban en los furores de la anarquía, o que abyectas y sumisas parece que desmentían los grandes hechos de la Independencia, y declaraban indignos de aquella raza de héroes…

Señores: Yo veo que el rubor y las lágrimas asoman a vuestro semblante, recordando la época luctuosa y cruel que ha seguido a la Independencia. ¿Queréis que yo describa el triste cuadro de la república, cuando entregada a la lucha de facciones impías, los hombres justos y celosos de la gloría de su país, al oír las imprecaciones con que los combatientes pedían al cielo el triunfo de su causa, han tenido que exclamar horrorizados, con el profundo historiador de Roma: “Utrasque impías preces, utraque detestanda vota, inter duos, quórum bello, solum id scires, deterioren fore qui vissiset (Ruegos impíos ambos, votos igualmente detestables, entre dos campeones, de cuya lucha solo se supiera que el que venciese seria siempre el peor. Tácito, Hiat Lab. 1, Núm. 50). ¿Queréis que os muestre cómo  en estos triunfos impíos, todos los principios han sido insultados, todos los derechos conculcados, todos los absurdos proclamados…?

No, ¡mexicanos! Las lágrimas de este día deben ser lágrimas de gratitud y de ternura, y no de dolor y desesperación. Más vergüenza era la esclavitud extranjera, que la anarquía doméstica; más duras y pesadas fueron las cadenas de tres siglos, que el malestar de quince años de discordias: para la Independencia se necesitan mil veces más esfuerzos que los que bastaran para consolidar la libertad, y nuestros padres no por esto vacilaron, ni su obra dejó de realizarse. Tenían fe en el porvenir, y no peleaban por ellos sino por sus hijos. Las grandes obras no son el fruto de una generación; y para llegar al punto en que hoy estamos, miles de años han pasado y centenares de generaciones han muerto menos afortunados que lo que somos nosotros con nuestras desgracias, lamentables por cierto; pero pasajeras. Ved lo que éramos y lo que somos, y entonces nuestra vida, con sus azares y sus tormentas, con su incertidumbre y sus dudas mortales, con sus cruentas desgracias y sus recuerdos de vergüenza, os parecerá menos mala que lo que ha pasado, y preferible a cuanto vieron nuestros padres.

Un gran designio providencial se está realizando, señores, y es visible como la mano de Dios levanta en el Nuevo Mundo el Imperio de la Democracia y de la Libertad. Todo se conmueve y se trastorna, y los elementos de esta obra inmensa quedan ilesos, y crecen, y se fortifican en medio de los combates. Estos cambios continuos y esa inestabilidad peligrosa, nada han fundado; pero han destruido lo que debían destruir, y no han dejado de cimentar nada de lo que pudiera hacernos retroceder. Gime todavía el mundo antiguo bajo el peso de las ruinas de la feudalidad: la democracia apenas comienza a hacer ensayos, y la nobleza y la monarquía han salido de la lucha, disputando todavía el imperio del mundo; mientras que nosotros nada de esto tenemos ya. Treinta años hace, que obedecimos a los nobles y a los reyes, que estábamos divididos en castas, y que creíamos que la soberanía del pueblo era la herejía más execrable. 

Y ahora, ¿dónde están los que esto predicaban? ¿Dónde está el edificio que levantaron tantos siglos? No tenemos ya ni nobles, ni reyes, ni señores de derecho divino: en el curso de la revoluciones la ambición y la tiranía están condenadas a la humillación de pedir sus títulos al pueblo que oprimen; y cuando estos nombres de libertad y de igualdad resuenan en los aires, ¿quién es el que viene a predicar la esclavitud, ni a proclamar absurdas distinciones de nacimiento, títulos mentidos de la divinidad?

Nadie: la república, y la República Democrática, es un hecho consumado. La igualdad y la libertad no están proclamadas en los libros: grabadas profundamente por la fuerza de los sucesos humanos; encarnadas con el espíritu y los intereses de las generaciones que se suceden, para vencerlas sería preciso destruir el orden físico y moral del mundo, arrancar del corazón los sentimientos más caros, borrar de la inteligencia las verdades ¡mejor conocidas, y destruir hasta la memoria de los medios porque se habían obtenido estos adelantos; sería necesario, señores,  pervertir y embrutecer a la especia humana. Este absurdo es la única esperanza racional de los partidarios de la retrogradación.

Por el contrario, los que lleno el corazón de placer y con el alma encantada por plácidas esperanzas confían en el porvenir de la especie y, celebran los días en que el mundo ha comenzado sus revoluciones salvadoras, bien pueden descansar tranquilos en las leyes mejor observadas durante siglos; en las verdades más consoladoras en que cree el género humano.

En lo pasado inmensos han sido los beneficios de Dios, inagotables sus tesoros. Nuestros fastos cuentan, contienen ya los más dulces recuerdos: nuestros hombres grandes ocupan un elevado asiento en la mansión de los héroes, y las páginas de nuestra historia brillan como una luz que no se ofuscará jamás. La Providencia que nos ha cuidado, no se desmentirá y al través de la furia de los vientos y de las tempestades, la mano, que mueve al mundo nos hará llegar a nuestro destino, al destino de libertad y ventura que señaló en su sabiduría eterna, y cuya carrera comenzamos el 16 de Septiembre de 1810.

¡Día de sublimes recuerdos y de mágicas inspiraciones! Yo, en medio de este pueblo que te saluda, vuelvo a proclamarte y a bendecirte como el más grande de todos nuestros días. Tu memoria es una memoria de orgullo, que recogimos un día admirados de tantos prodigios, cuando nuestros padres con voz enternecida nos referían sus sucesos: tu gloria, como la estrella solitaria que luce para el navegante perdido en la inmensidad del océano, ha sido nuestra única esperanza, nuestro culto más querido, cuando el infortunio con mano de hierro nos oprima… Nuestros hijos recibirán de nosotros este recuerdo cada día más caro, como una prenda preciosa de salvación… y en la larga vida de las naciones cada vez que suenen estas horas de plácida ventura, felices o desgraciados nuestros hijos y los nietos de nuestros hijos, se reunirán siempre, para celebrar el instante primero de la vida de la patria, para pagar un tributo de gratitud a la memoria de los grandes hombres de la Independencia; y todas estas generaciones levantarán al cielo su voz, y dirán extasiadas de alegría y de piedad: ¡Ser Eterno, creador y conservador de las sociedades humanas, nosotros te bendecimos, porque el 16 de septiembre de 1810 nos concediste la Independencia y la Libertad.
(Impreso suelto)

 

Oración Cívica publicada en el diario Siglo Diez y Nueve. Sábado 23 de septiembre de 1843. Pág. 2. Hemeroteca Nacional UNAM.

 

Se abrirá en otra página