Señores: Obligado a presentar hoy al Ateneo una lectura sobre algún punto de legislación, cuando sentía la debilidad de mis fuerzas, he oído la voz del deber que me tranquilizaba, presentándome una materia tan propia de nuestra asociación y tan conforme con el asunto señalado, que he venido aquí confiando en que perdidas ante la grandeza del objeto las desventajas y los desaires que le agregara sin duda mi manera de tratarlo; vosotros no veríais en estas indicaciones, más que la voz de un hombre que, amante del bien público, y conocedor de la nobleza y la generosidad de vuestros sentimientos, ha querido que la primera lectura de legislación que se escuchara en el Ateneo, no fuese un conjunto de pensamientos brillantes y de frases pomposas; sino el recuerdo de un gran deber social, cuyo cumplimiento toca a los hombres ilustrados y a los corazones generosos que, como vosotros, se asocian para gustar las dulzuras del cultivo de la inteligencia y difundir en la sociedad el inestimable bien de los conocimientos útiles.

Sí, señores: entre los inmensos objetos que la ciencia de la legislación pudiera ofrecerme para cumplir con el deber impuesto, he creído que la reforma de nuestro sistema penal, que esta idea, al parecer tan sencilla, y tan propia sólo de los hombres de la facultado, envolvía atenta y filosóficamente considerada, un problema inmenso, en el que vosotros veríais un manantial inagotable de reflexiones filosóficas sobre la marcha, el estado actual y el porvenir de las sociedades humanas bajo su aspecto más importante, bajo el de su carrera en el camino de la perfectibilidad humana; y sin apartar la vista de este objeto, voy a someterlos algunas reflexiones sobre los pasos más importantes de la ciencia y el estado en que nos hallamos respecto de esta materia.

La legislación criminal, señores, es a la vez fundamento y la prueba de las instituciones sociales. Cuando un legislador ha establecido la forma de gobierno, organizado los poderes públicos, promulgando las leyes civiles y arreglando, en una palabra, todas las relaciones de los asociados, por vastos que hayan sido sus planes, profundas sus miras y sabias sus combinaciones, no podrá vencer la imperfección inherente a todas las cosas humanas. Con la semilla del bien él mismo habrá planteado más de una causa del mal: sus leyes serán violadas: el egoísmo amenazará al bien público y las pasiones sobreponiéndose a la justicia producirán el crimen, este escollo terrible del orden. El legislador entonces está ya en lucha con el hombre y encontrándose en peligro sus instituciones, necesita mostrar su genio venciendo las malas inclinaciones, estrechando a los hombres a la senda del deber y haciendo de manera que sobreponiéndose su obra a esas dificultades diarias y constantes, permanezca eficaz y activa, gobernando la sociedad, impulsándola al bien, conduciéndola a la perfección. En esto consiste la sanación de las leyes; de ello depende la realidad de la legislación y en esto se prueba más que en alguna otra parte la combinación de talento, el progreso de la ciencia.

Y bien: ¿qué es, señores, lo que los legisladores han hecho hasta el día sobre esto? ¿Cuáles han sido los recursos que frente del crimen y de la corrupción ha desplegado el genio del hombre para vindicar las leyes de la moral? ¿Cuáles han sido en una palabra los medios, con que las sociedades humanas han procurado reparar e delito, para salvar y conservar la bondad natural, la bondad inherente al hombre?

Vosotros lo sabéis. El mundo admira con veneración aquellos genios que dotados de poder creador, han dado vida y aliento a los pueblos, esos hombres portentosos, que sacando a las sociedades humanas, de la barbarie o de la decadencia, semejantes a la divinidad, han llamado ante sí generaciones enteras, las han animado con el soplo de su genio y mandándoles que vivan y sean grandes, las han dejado para que recorran las edades, seguros de que monumentos animados y grandiosos, todavía después de su muerte conservarían na gloria que no perecerá jamás. El nombre de Atenas perturbará eternamente el de Solón: Esparta no dejará olvidar a Licurgo: Roma consagrará para siempre el recuerdo de Numa, y los israelitas que todavía son un pueblo, después de tantos siglos de no tener palmo de tierra que aún el salvaje posee, harán inmortal la memoria del legislador que sacando de Egipto a la descendencia de Abraham, le imprimió un carácter de nacionalidad indestructible… Bajo este aspecto los legisladores antiguos merecen incontestablemente un respeto y admiración profundos.

Mas permitiéndome, señores, que manifieste mi sorpresa al ver que esos monumentos de legislación que nos ha dejado la nunca bastantemente admirada antigüedad, tan portentosos como son bajo el aspecto político y civil, fueron pobres al tratar de la legislación criminal; de tal suerte que mientras que las edades modernas a un solo pueblo ha sido dado igualar las antiguas instituciones; y que hoy todavía es objeto de merecidos elogios y constante estudio aquel derecho civil que los romanos tomaron de los griegos y transmitieron a los pueblos modernos; su legislación criminal no sea ya objeto casi más que de justas y útiles reformas. Tal vez la historia del espíritu humano no presenta un contraste más sorprendente que éste, ni una materia más propia para las indagaciones del sabio. Pero en el hecho no cabe duda alguna, y basta dar una ojeada a la legislación de todos los pueblos conocidos, para convencerse de que al mismo tiempo que se descubría tanta justicia y buena razón en las leyes civiles y tan inmenso como profundo conocimiento de los resortes del corazón humano en las leyes religiosas y las instituciones políticas, vemos que hasta los últimos años del siglo pasado, las leyes penales no han sido más que la horrible compilación de todo lo que el genio del mal podía inventar de más absurdo y más cruel para ultrajar y atormentar la especie humana.

Las causas de este fenómeno no son difíciles de descubrir. Lo último que el hombre ha conocido en el mundo, ha sido la elevación de su ser y la dignidad de su destino; y por eso es que sin ir a buscar recursos contra el crimen en las verdades más altas que sólo una civilización profundamente espiritual y religiosa podía revelar, parece que los legisladores han olvidado su ciencia, que han olvidado su genio y su misión sublime, cuando para luchar con el crimen, vencidos confesaron que no hallaban más camino que el crimen mismo, ni tenían otro recurso contra los malhechores más implacables que el de excederlos en barbarie. Y han conseguido este funesto triunfo, señores; y la humanidad ha reportado la afrenta de que la idea de la crueldad de que el espectáculo del dolor desesperante y el refinamiento infernal del mal, por decirlo así, debieran buscarse, para encontrar su tipo más horrible, en las leyes conservadoras de la moral y tutelares de los derechos humanos.

En el mundo antiguo las revoluciones se sucedieron las unas a las otras: las naciones brillaron por su gloria, por su saber y por la dulzura de sus costumbres y las grandes verdades que debieran redimir al mundo, comenzaron a propagarse y a dominar, tan sin fruto para la reforma de la jurisprudencia criminal, que la civilización romana heredera de todos aquellos adelantos, y que contaba nombres como los de Cicerón, de Sócrates, de Platón, de Séneca y de Epitecto, no contenta  con los horribles tormentos con que martirizaba a las víctimas de su pretendida justicia, iba a buscar en el seno de los bosques de los países más remotos, bestias feroces que divirtiesen a los ciudadanos en el circo, destrozando el cuerpo de las víctimas y haciéndolas sufrir horribles agonías.

Y si este era el mundo degenerado con el politeísmo, después, cuando esta civilización desapareció por fortuna del género humano, y que la Europa entera se vio sometida a otra civilización nueva, a un dogma regenerador que predicara la teoría sublime del arrepentimiento, que proclama como la primera de las verdades y el primero de todos los deberes la caridad, y que llegó a prescribir como un deber el amor a los enemigos, que la filosofía humana ni siquiera había entrevisto, ¿creéis que por esto las leyes penales perdieron su barbarie y se despojaron de aquel carácter de materialismo y de venganza que dominaba en ellas? Por el contrario, entonces fue cuando se inventó aquella execrable lógica judicial que se llamó el tormento y que tenía secretos horribles para atormentar todas las partes del cuerpo según que se quería alargarlas, torcerlas o dislocarlas y entonces fue cuando se llenaron volúmenes inmensos con sólo la descripción de estos suplicios horribles, de estos tormentos infernales, respecto de los cuales la conducta del salvaje que arranca la cabellera de su enemigo y lo hace después de quemar vivo en una hoguera, puede decirse que era humana y piadosa.

La crueldad no podía llevarse a mayores excesos, y para recordar la duración del tamaño mal, basta observar, señores, que no hace todavía un siglo que la nación más culta y más civilizada, que la Francia, orgullosa con la gloria del gran siglo y teatro entonces de la revolución que las teorías más atrevidas han producido en el mundo, vio en el conocido suplicó de Damiens, uno de los espectáculos más horribles que pueden figurarse.  Todos conocen esta relación horrible que yo no necesito repetir, y que prueba por sí sola cuan inútiles habían sido para la reforma de las leyes penales la civilización, el cristianismo, y la filosofía cuya voz comenzaba a tronar contra los abusos y que después ha producido tantos y tan asombrosos cambios. Las demás penas que no llegaban a la de muerte, y esto que ésta se prodigaba no sólo por las menores faltas, sino también por quimérico delitos, estaban en completa armonía con tal espíritu de barbarie y de venganza: la marca, la mutilación, los azotes, la exposición a la vergüenza pública, y las prisiones sin luz y sin aire formaban el digno cortejo de aquella sanción horrible, que realizó en el mundo las más espantosas visiones de una imaginación depravada.

Los resultados fueron consiguientes. La estadística del crimen crecía en una proporción espantosa. El delito pareció disputar a la virtud la fecundidad de sus víctimas. El cadalso sembraba y recogía cada vez más abundante cosecha, y, sabe Dios, señores, hasta dónde hubiera ido la desorganización social, si en esta sucesión de beneficios que la Providencia otorga a las sociedades humanas, no estuviera ya el de sustituir a aquella sanción material, sangrienta e impía que deprava a un tiempo a la víctima y al verdugo, otra sanción moral, humana y religiosa, que repara el crimen, que mejora a la víctima y ennoblece a la sociedad.

Ya entendéis, señores, que os hablo del sistema penitenciario, de este sistema que ha venido a salvar a un tiempo a la humanidad y a vindicar a la virtud de la impotencia de que tantos siglos la acusaron; y con el cual tenemos, a mi juicio, la institución más importante y elevada que hoy conocemos, la adquisición más preciosa, el título más noble con que la ciencia de la legislación se ha enriquecido desde la antigüedad hasta nuestros días. ¿Y cuán cierto es, señores, que las verdaderas morales tan sencillas y tan fecundas, como las leyes matemáticas del mundo, nos sorprenden de tal suerte por su simplicidad, que nos admiramos de que no hayan sido comprendidas durante tan largo tiempo!

A todos esos pueblos cuya legislación bárbara horroriza, no se ocultó que la compañía de los malvados deprava, que la infamia envilece, que los tormentos no mejoran, que la soledad hace meditar, que la religión eleva el alma y que la sanación de las recompensas induce al bien; y con todo no sospecharon siquiera el sistema penitenciario que no es más que la práctica de estas máximas sencillas. Esta mejora pertenece toda a nuestra época: es la hija indisputable de las investigaciones de los hombres generosos de nuestros días, y de los nobles esfuerzos que los pueblos han hecho en estos últimos años por mejorar de condición, por sacudir el yugo vergonzoso que los ha oprimido tantos siglos, por realizar en fin, esos sistemas elevados y grandiosos de libertad y de mejora que todavía tienen quien los juzgue mal; pero no ya quien los venza.

El sistema penitenciario que consiste, como sabéis, en la soledad que hace reflexionar, en el trabajo que doma las malas inclinaciones, en el aislamiento que preserva, en la instrucción que eleva, en la religión que moraliza y en el arrepentimiento que regenera, este sistema concebido como un arreglo monástico por un benedictino y ensayado malamente por un ministro Belga, no cuenta su existencia sino desde el día en que para predicarlo y perfeccionarlo se reunieron el sublime sentimiento filántropo, que consagró su vida al alivio de los desgraciados que gimen en las prisiones, y el pensamiento profundo, inmenso del filósofo más grande que han producido los tiempos modernos en la ciencia de la legislación. La Inglaterra puede reclamar al mundo el doble honor de haber sido la patria de Howard y de Bentham; y por coincidencia singular, de la misma manera que la raza inglesa ha venido a cosechar en los bosques espesos del Nuevo Mundo los opimos frutos de la libertad, los Estados Unidos fueron también el suelo privilegiado donde debía nacer y fortificarse la realización de aquella idea moral, profunda y religiosa, que vino a probar al mundo que para salvar la santidad de las leyes, la sociedad tenía el recurso de la virtud y no del crimen. Y así cuando los campos y las ciudades estaban ya llenas de estos monumentos que el orgullo, o si se quiere la gloria, han erigido para perpetuar el recuerdo de la grandeza, en Pensilvania se levantaron por primera vez las humildes paredes de uno de esos establecimientos de redención que las naciones cultas y los hombres filantrópicos se han apresurado a construir en el resto del mundo civilizado. Hoy, picos se han apresurado a construir en el resto del mundo civilizado. Hoy, señores, los Estados Unidos, la república Suiza, la Inglaterra, la Francia y la Bélgica han levantado ya y se ocupan todavía en levantar sus penitenciarías, perfeccionándose todos los días más a la ciencia verdaderamente grande y casi divina que vuelve a los criminales a la senda de la virtud, y adquiriéndose sin cesar los más auténticos y satisfactorios comprobantes de este método, ante el que ceden los caracteres más enérgico en la carrera del mal, y que ha evitado asombrosamente el número de las reincidencias, de este mentís incontestable cuanto vergonzoso, con que la experiencia de los siglos había confundido todas las antiguas legislaciones.

De esta manera las sociedades no marchan ya todas en un camino de perdición y de injusticia: repentinamente un solo descubrimiento ha cambiado la faz de la legislación criminal, y encontrado este medio sencillo de salvación, que por tantos siglos estuvo oculto. Ahora la sociedad que persiste en el antiguo camino, no tiene ya excusa;  y aunque hayan desaparecido los tormentos y las mutilaciones, es todavía horriblemente injusta. Ved porqué, mirad qué es lo que ella hace todavía.

Yo no presentaré nunca, señores, el crimen como el efecto de la necesidad, pero reconociendo que en el orden moral existen también causas extrañas a la voluntad humana que la determinan fuertemente, es innegable que, en las sociedades que conocemos, y principalmente en estas sociedades de hoy, tan orgullosas con su civilización, las clases últimas del pueblo que ministran casi solas el horrible contingente de los presidios y los cadalsos, se ven impelidas al mal de una manera muy activa; y cuya culpa no deja de serlo, porque recaiga sobre pueblos enteros. En esas clases infelices, señores, la ignorancia, el error, las preocupaciones, la miseria y la abyección que constituyen su funesta herencia, corrompen al hombre desde los primeros días de su vida, de suerte que cuando comienza a obrar, todo lo inclina al vicio y nada le separa de él. Por consiguiente cede a la fuerza de las malas inclinaciones y va a expiar su delito, satisfaciendo a la justicia humana.

Que sea bien así en hora buena; pero ya entonces ¿qué es lo que hace la sociedad con ese hombre de que se apodera? Oídlo. Recibe un ser cubierto de miseria, y en vez de mejorar su situación, la empeora de una manera espantosa: recibe un hombre destituido de toda instrucción y pervertido por malos ejemplos, y dejándolo en su ignorancia y en su estupidez le da por compañeros a los criminales más famosos, y no le permite que se separe de ellos ni un día, ni una hora, ni un instante: recibe un hombre que ha contraído el funesto hábito de la ociosidad y le prohíbe el trabajo, para que no desperdicie ni un momento la compañía horrible en que está forzado a vivir; en fin recibe a un hombre que ha afrontado ya la vergüenza pública, y en vez de elevar sus sentimientos y hacerlo que aprecie el valor de la estimación de los demás, lo expone diariamente a la vergüenza, lo da a reconocer en las calles y en las plazas como a un ser infame, y lo acostumbra a familiarizarse con este tratamiento.

Prescindamos por un momento de las ideas ligeras y superficiales que l preocupación nos ha hecho formar, y digamos de buena fe si el demonio del mal pudiera hacer más para prevenir a los hombres que lo que hacen semejantes instituciones, y si hay escuelas más eficaces de corrupción y de crimen que esos establecimientos penales… Y todavía más; porque después, cuando ya dueño ese desgraciado de su libertad, más corrompido que antes, cediendo a la fuerza de los malos hábitos que contrajo desde muy temprano, y que se le ejercitaron y extendieron en su prisión con tan solícito cuidado, vuelve a cometer otro crimen, las instituciones sociales, en vez de ver en él su propia hechura y de avergonzarse como cómplices de ese delito; apenas puede creerse; recuerdan a ese hombre la prisión sufrió, le hacen cargo de que no saliera virtuoso y morigerado de una escuela de delito y de desvergüenza, y considerándolo como un ser incorregible en el que no obran ya las sanciones de la moral, lo condenan a una prisión más larga, es decir a una enseñanza más dilatada de inmoralidad, hasta que más tarde, al fin lo conducen al patíbulo, creyendo que han hecho una grande obra de justicia y de expiación; y el infeliz destinado a la muerte horrible del suplicio, la sufre sin que ni una voz ni un suspiro reclamen los derechos sacrosantos de la humanidad, y prediquen a la sociedad que es necesario ser justa en vez de ser atroz.

Mas parémonos aquí consolándonos con que como antes viéramos, se encontró al fin el remedio de una subversión tan espantosa. Aquella era la sociedad antigua, profundamente cimentada sobre la ignorancia de los sentimientos morales y generosos del hombre y con él la reforma de hoy establecida sobre el principio contrario, presenta un contraste por cierto asombroso; pues que el sistema penitenciario al cual yo definiría diciendo: “que es el empleo de todas las teorías saludables y de todos los esfuerzos religiosos que pueden hacerse para volver la moral y con ella la dicha al desgraciado que ha delinquido”, ofrece un sistema completo para todas las situaciones en que el hombre cede a la tentación del crimen. Al niño abandonado por la madre, le presenta las salas de asilo, al joven la casa de corrección y al hombre la penitenciaría; y como la previsión de la caridad debe seguirlo más allá del día en que concluye la expiación de su delito, las sociedades de protección para los que han cumplido sus condenas, se presentan después sosteniendo las fecundas raíces que en el corazón del criminal han arrojado la instrucción, la soledad y la religión. Y esto mismo todavía será perfeccionado, como lo son todas las instituciones fundadas en la verdad.

Yo no omito mi opinión, señores, sino con la más grande desconfianza; pero algunos años de atenta meditación me han hecho creer que el sistema penitenciario adelantaría mucho y haría una revolución muy provechosa en el sistema penal, el día que el legislador estableciese como principio,  el que la duración de la pena debía prolongarse o acortarse en proporción que el criminal adelantara más o menos en la carrera de la mejora; de suerte que cualquiera que fuese el delito de un hombre y la extensión de un tiempo dado, que se fijara como irremisible para construir lo que la ciencia llama la intimidación penal, la suerte de un condenado en la penitenciaría y el término en que debiera disfrutar de su libertad, se decidieran sólo en virtud de los adelantos que hubiera hecho en la carrera del bien, apreciando estos adelantos por datos fijos, como la instrucción que hubiera adquirido, el capital que hubiera acumulado, las afecciones de familia que hubiera mostrado y su conducta en la comunicación que por grados debería devolvérsele, no con sus compañeros de prisión, sino con la sociedad exterior, como se permite a los detenidos.

Yo sólo indico aquí esta idea que a primera vista puede ofrecer grandes dificultades.  Para otro día procuraré presentar al Ateneo su desarrollo, y prescindiendo de ella para fijarme en las grandes verdades que hoy están unánimemente reconocidas y que la experiencia ha demostrado plenamente, ¿no deberé yo, señores, para concluir esta fastidiosa y desordenada lectura, mostraros mi convicción, la convicción íntima que me asiste de que la sección de legislación del Ateneo mexicano debería ocuparse preferentemente de promover por los medios que son propios del carácter de este establecimiento la reforma y mejora de las prisiones?  Nuestra legislación civil por confusa que haya llegado a ser, es en sus principios radicales la que practican todos los pueblos cultos, y con algunas reformas en ella, y otro código nuevo de procedimiento, en muy poco tiempo y sin mucho trabajo, podríamos estar sin duda al nivel de los pueblos más cultos; mientras que en la legislación criminal nos separa ya de ellos tanto en el orden de los procedimientos como sobre todo en la naturaleza de las penas una diferencia sustancial y enorme, que es un verdadero oprobio nacional.

Señores, o no existen sobre la tierra principios ningunos de moral y ni los gobiernos tienen obligaciones que cumplir ni las naciones tampoco grandes designios providenciales que llenar, o la reforma de las prisiones es un deber al cual no puede eludirse ni con la vergonzosa excusa de nuestro atraso, ni con el frívolo pretexto de que no hay fondos para objetos mil y mil veces más sagrados que esas obras magníficas que atestiguarán el gusto de la nación y sus progresos, si se quiere; pero cuyo bien si acaso alguno resulta de ellas, ni comparación tiene con el de la más modesta y humilde penitenciaría.  No, señores; cuando todos los pueblos se afanan en cumplir este deber sagrado, cuando por todas partes la mejora de las costumbres y la disminución de los delitos atestiguan la bondad de ese sistema, México, llamado a conducir a la raza meridional del Nuevo Mundo por la senda de una civilización espiritual y dulce tan análoga con su noble carácter, no permitirá que se le cite por más tiempo como la excepción de ese movimiento generoso, ni será tampoco la que ofrezca el último asilo al verdugo, que las naciones cristianas y civilizadas se esfuerzan por arrojar de su seno.

Todo lo que es humano, piadoso, grande, noble y religioso, pertenece a México, como le pertenece el dulce calor que vivifica la naturaleza en nuestro suelo y yo jamás prescindiré, señores, de la dulce ilusión de creer próximo el día de nuestra reforma penal.  Uno de nosotros ha gastado parte de su vida en promoverla en una de nuestras repúblicas hermanas; otro ha levantado por sí mismo y con sus solos recursos una casa de corrección; algunos de nuestros amigos trabajan en levantar en Puebla y en Guadalajara grandes penitenciarías: muchos de nosotros hemos votado un día el respeto a la vida humana como el primero de los derechos y la adopción del sistema penitenciario, como el más urgente de los deberes.  Esta semilla generosa no será perdida: la vivificará esa juventud inteligente y ardorosa que promete tan grandes esperanzas de reparación, y entretanto que esa obra se realiza, a nosotros simples particulares reunidos en esta asociación con el loable fin de ser útiles a nuestro país, nos toca sólo pensar que para esta grandiosa obra de piedad, se necesita la acción del pensamiento, el esfuerzo de la razón, el trabajo de todos los hombres ilustrados que deben popularizar y facilitar las ideas útiles.  Seguro estoy de que el Ateneo lo hará así, y me atrevo también a confiar en que vuestra indulgencia perdonará al que hablando de esta materia ha querido escuchar el eco de vuestros sentimientos benévolos y generosos, más bien que el fallo de otra razón severa e ilustrada.

Mariano Otero.

 

El Ateneo.  Tomo I, pp. 15 - 19. México 1844, Imprenta de Vicente García Torres.  Discurso pronunciado en la instalación de El Ateneo el 25 de febrero de 1844.  También en: Obras del Sr. Lic. D. Mariano Otero, México, 1859. Tomo I, pp. 115 - 127.

 

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