Le plus precieux des trésors que l’ Amerique renfermait dans son sein c’etait la liberté (“El más precioso de los tesoros que América encerraba en su seno era la libertad”): Chateaubriand.

Al presentarme aquí, encargado de dirigirnos a la palabra, en este recuerdo a la vez religioso y patriótico del más grande de todos los días que enumera la historia de nuestros padres, una especie de terror involuntario sobrecoge mi alma, contemplando las ideas grandiosas y elevadas, los sentimientos nobles y solemnes que excita en nosotros este aniversario.

¿Quién podría ser el fiel y digno intérprete de estas ideas y de estos sentimientos…? Ni ¿qué palabras bastarían en este momento para expresar toda la gloria de lo pasado, toda la esperanza del porvenir?

Si el 16 de septiembre de 1810 no debiera considerarse más que como el principio de la emancipación de una colonia: si en los héroes de este día no viéramos más que a los caudillos de esta revolución asombrosa, que en once años destituyó la obra de tres siglos, en una lucha que ni los reveces, ni el exterminio consiguieron  aplacar; sería siempre, señores, un deber sacrosanto el venir a pagar este religioso tributo de admiración y de gratitud a la memoria de los grandes hombres, que enarbolaron los primeros el estandarte de la libertad, y que prodigaron su sangre en los combates y sobre los cadalsos defendiendo tan santa causa.  

Pero esta revolución no se dirigía a lograr solamente la libertad de un país sojuzgado por el extranjero, ni sus resultados se ceñían a mostrar en el mundo una colonia menos y un pueblo más: el espectáculo que ofrecía el universo, era una espectáculo único por su grandeza y su magnificencia, por lo inesperado de los sucesos, por la simplicidad de sus causas, y por la prodigiosa fecundidad de sus resultados.

Treinta años antes la Europa asombrada había visto elevarse en el Nuevo Mundo una República, superior en su organización social, no sólo a cuanto ella tenía, sino a los modelos mismos que admiraba en la antigüedad como el bello ideal de la libertad humana. Pero la inteligencia descubría en este prodigio un resultado preciso de causas conocidas, y después, de un examen reflexivo se vio que le revolución norteamericana había sido creada y producida por la Europa. Se recordó con sorpresa que en los principios del siglo XVII, cuando la Inglaterra pasaba por la crisis de la reforma, había arrojado, sobre las costas del Norte de la América, numerosos enjambres de los partidarios de las nuevas doctrinas, y estos hombres entusiastas y profundamente poseídos de las rígidas ideas religiosas y democráticas que entonces germinaban trasplantados a una tierra virgen y solitaria, sin ningún sentimiento de superioridad que impeliera a los unos a querer mandar a los otros y, fuertemente unidos con los vínculos de la patria, del idioma, de la religión y del infortunio, establecieron allí por un pacto expreso, una sociedad donde la igualdad era un dogma, la democracia una necesidad, y la administración municipal, origen y fuente de toda verdadera libertad política, el único gobierno posible. Así, el germen del sistema representativo, al que el célebre Chateaubriand llama uno de los más grandes acontecimientos del mundo, y todos los elementos de la libertad social estaban irrevocablemente plantados en una tierra predestinada para su desarrollo; crecieron y se fortificaron allí y antes de doscientos años nada pudo contener su fuerza. Instantáneamente se presentó en el mundo este pueblo nuevo, como un coloso de fuerza y de libertad, y expuesto a las miradas del universo sobre las elevadas cimas de los Alleghanys, a las orillas de sus caudalosos ríos y de sus inmensos lagos, y en el centro de sus bosques impenetrables, apareció como el fruto más bello y más rico con que el cristianismo, la libertad y la civilización pudieran brindar a la humanidad.

No así los hijos de Cortés y de Pizarro. Los conquistadores españoles, atroces y bárbaros, habían degollado a la mayor parte de los habitantes del Nuevo Mundo que sojuzgaron, y habían hecho desaparecer con ellos sus recuerdos históricos, sus costumbres, usos, leyes, nobleza y cuanto en una palabra constituye la individualidad de una nación. Quedaban sólo algunos miserables restos de este pueblo exterminado, y los vencedores fijaron de tal suerte las condiciones de su existencia, que se han visto reducidos para siempre a una completa nulidad. Cuanto existió había perecido, pues, y se tenía por crear una sociedad nueva sobre las ruinas de la antigua. 

Era esta la obra de la colonización y, para plantearla, la España envió colonos de un tipo verdaderamente original y diametralmente contrario al de los que después enviara la Inglaterra a algunas leguas al N. de México.

No eran como estos de que acabo de hablar, la sección descontenta de un pueblo: no venían a buscar un campo libre a las aspiraciones del alma que, en su país encontraban sofocadas, ni por el contrario, iban a trasplantar las instituciones de un pueblo de cuyo nombre estuvieran ufanos. Nada de esto. Tanto el gobierno, como los particulares, no veían en la América más que sus riquezas y aquellos hombres, que estén siempre dispuestos a abandonarlo todo en busca de la fortuna, dejaron el bello cielo de España para venir a explotar los tesoros de México y del Perú.

Bien pronto la antigua patria de Guatimotzin y de Atahualpa se vio con un pueblo del todo nuevo, en el que el filósofo hubiera descubierto a la primera mirada las costumbres y las leyes de la madre patria del todo aisladas de sus instituciones políticas y viviendo por esto de una manera violenta, sin el apoyo de esta columna indispensable del edificio social.

Tal fue la organización de las colonias españolas. Sus habitantes tenían las costumbres puras y sencillas, el hábito de la sumisión y de la ciega obediencia, el respeto supersticioso al poder, el fanatismo intolerante y la estúpida credulidad de la mayoría de las clases inferiores y medias de la España. Estos hombres no tenían necesidades políticas, y estaban al abrigo de todos los medios de creárselas; y así la Corte, para gobernarlos, no necesitó inventar complicadas instituciones: trasplantó luego sus leyes civiles y creó algunas otras especiales, cuyo sistema era proveer a la seguridad de la Corte contra las autoridades de que se valía, a la de las autoridades contra los colonos, y a la de éstos contra los antiguos habitantes del país y para ejecutar esta legislación, mantenía dos o tres docenas de mandarines que ocupaban los puestos virreyes, oidores y presidentes por algún tiempo, en el cual explotaban el país sin poder formar en él ninguna relación estable, que los incitara a tomar parte en sus intereses en competencia con los de la metrópoli.

Esto era todo lo que existía en cuanto a las leyes y a las instituciones; pero, por lentas que fuesen, había en el seno de esta sociedad lánguida y degradada poderosas causas de cambio que obraban sin sentir minando el edificio.

Desde luego, su organización colonial suponía la infancia de los pueblos, y no estaba estudiada más que para un estado de quietud y de sencillez, que no podía conservarse largo tiempo. La sed de las riquezas atraía sin cesar nuevos pobladores, y la dulzura del clima y las comodidades de la vida favorecían la más violenta reproducción. Bien pronto hubo una población numerosa: se elevaron ciudades magníficas, y el lujo y las riquezas produjeron la dulzura de costumbres y la sociabilidad del carácter.

Esto pasaba en un suelo pródigo, y la agricultura, las artes y el comercio debían necesariamente recibir un gran desarrollo con el aumento de la población y la multiplicación de las nuevas necesidades.

En los primeros tiempos de la dominación española, y bajo el reinado de la casa de Austria, hubo un sistema completo de trabas, prohibiciones y monopolio con el fin de que la agricultura, las artes y el comercio permanecieran en el atraso más miserable. La política sombría y despótica de Felipe II estaba toda en este código, calculado para que la América no produjese más que oro: para que no tuviese relación alguna con el comercio extranjero y se formase las menos necesidades posibles y para que cuanto necesitara la viniese directamente de España. La miseria y la barbarie del pueblo, y el monopolio del gobierno eran a la vez el objeto, el medio y el resultado de este sistema. Pero desde que el nieto de Luis XIV ocupó el trono de España, la nueva casa reinante adoptó una política diversa con las colonias. En tiempo del mismo Felipe V se concedieron ya varias franquicias al comercio, y bajo el ilustrado Carlos III se establecieron los conductos de comunicación, se rebajaron los impuestos, se fomentó la producción y exportación de muchos artículos: se dio lugar a la importación de efectos extranjeros, se permitió el tráfico de las colonias entre sí y se abrieron en los dos mares numerosos puertos; todo lo que elevó la industria y el comercio a un estado sorprendente de mejora.

Esto era en cuanto al progreso de las relaciones materiales; por lo que hace a la inteligencia, ella se desarrollaba también lentamente para contribuir con su influjo todopoderoso a la revolución, que un día fuera indispensable.

La ignorancia y la superstición formaban uno de los caracteres más marcados de las colonias y el feroz tribunal de la Inquisición cuidaba celosamente que no se introdujeran las ideas que en el resto del mundo y aun en la España conmovían ya el edificio social. ¡Vanos e inútiles esfuerzos! Una vez que el hombre ha pensado, cualquiera que haya sido el objeto de sus meditaciones, él aprenderá a dudar y a discernir lo verdadero de lo falso: y entonces, ¿Qué tiranía, qué poder se introducirá dentro de su cabeza para gritarle en el misterio impenetrable del pensamiento, no examines esto?

En los colegios eclesiásticos se daban cursos de filosofía, de leyes y de teología, aunque todo con un atraso lamentable: se permitían libros de poesía y de historia donde el amor de la patria y de la libertad exaltaban a la juventud, siempre ávida de conmociones fuertes y generosas, y el estudio de las matemáticas ministraba el verdadero criterio y encaminaba a las investigaciones exactas y positivas . No necesitaba más: luego hubo numerosos hombres cuyas osadas cabezas se ocupaban en el silencio de examinar la obra social en que vivían, y a primera vista percibieron todo lo que había en ella de inicuo y débil.

Agregad a esto, que el Cristianismo había consagrado los recuerdos del infortunio y de los dolores del pueblo esclavizado, y que la voz elocuente de los ministros de la religión, que en los días del exterminio tronó contra los conquistadores y los reyes pidiéndoles cuenta de la sangre que derramaban, se había repetido de eco en eco, pasando por todas las generaciones y veremos, señores, cómo el estado material e intelectual de la sociedad conspiraba todo contra la obra de Cortés.
 
Así repentinamente la España que había permanecido aletargada confiando en su débil obra y olvidándose de que para conservar la dominación es necesario conservar la superioridad, se encontró con un pueblo al frente: la metrópoli y la colonia cara a cara se veían y se comparaban mutuamente.
 
¡Y qué resultado el de tal comparación! La colonia tenía una mitad más de habitantes que la metrópoli: sus recursos materiales y sus riquezas eran incomparablemente mayores: para el cultivo de las ciencias en nada le era inferior, y cuando sus hijos se comparaban con los impuros y atrasados mandarines a que estaban sujetos, un sentimiento de superioridad les hacía presentir que podían pasarse sin ellos. Y en el porvenir ¿qué papel representaba España al lado de la América? Aun cuando se supiera que los dos pueblos pudieran marchar en una carrera igual de progreso, bastaba medir sobre el mapa la extensión de los dos países, comparar allí la independencia de sus posiciones respectivas y hacer un cotejo entre sus montañas, sus valles, lagos, mares, puertos y ríos, para considerar si eran acaso comparables los destinos que ambos países debieran llenar.

Y tanto en los presente como en lo venidero, ¿qué bienes sacaba o esperaba sacar la colonia de la metrópoli? Ningunos sin duda. Cuanto ésta podía suministrar a aquella, la América lo tenía en su seno, y , por cualquier lado que se contemplase, para la colonia todo era sacrificio, sacrificio en las aspiraciones morales más legítimas, y sacrificio de todos los bienes materiales; sacrificio absoluto y completo, sin la menor compensación ni ventaja.

Todos los lazos, pues, que sujetan un pueblo a otro estaban para siempre rotos entre nosotros y la España; y ya su dominación no estribaba de parte de la colonia más que en el solo poder de un hábito sin objeto, y en cuanto a la metrópoli se sostenía por su fuerza material que era bien poca. La revolución de la independencia estaba hecha de una manera irreversible, y había obrado lentamente con el desarrollo de las causas morales que la hicieron necesaria. Lo que faltaba era sólo el hecho físico que nunca falta a la combinación de las causas morales. 

Pero cuando esta crisis había llegado, el mundo, señores, era el teatro de las más vasta revolución social que se haya efectuado jamás; todos los sucesos conspiraron a determinar la independencia de la América, y este acontecimiento a su vez vino a ser uno de los más grandes, decisivos y fecundos de aquel movimiento.

La revolución Norte-Americana fue el primer paso positivo que la especie humana dio para realizar lo que hasta entonces habían sido sólo teorías atrevidas y proscritas, y su triunfo produjo una sensación universal; pero para ningún pueblo envolvía tanta suma de doctrina y de ejemplos como para las colonias, que veían en él, no las nuevas teorías sociales, sino el hecho capital y decisivo de la independencia, hecho que tenía con su situación una relación tan íntima, que todos debieron descubrir en ella la posibilidad y la justicia de la emancipación. La España y la Francia habían a más cooperado en este suceso; y convictas así de la justicia de la causa de las colonias, la metrópoli perdió aquel prestigio que los hombres de justicia y de derecho dan siempre que se les invoca de buena fe, aun cuando sea erróneamente.

Esta revolución era en Europa un nuevo elemento, además de los muchos que ya contenía en su seno, pera la realización de un gran cambio, y la Francia, que a la vez era el teatro de las discusiones filosóficas y políticas más ardientes, y un ejemplo vivo y lamentable de los males del antiguo régimen, se lanzó la primera en la carretera de la revolución. Desde luego, cuanto existía fue exterminado: acabaron la nobleza y los privilegios para que la igualdad fuese solamente reconocida: el absolutismo aterrorizado se suicidó, reconociendo el poder de las asambleas populares, y la monarquía misma desapareció de pronto ante la República. Nunca hubo un cambio más completo, ni jamás se ha presenciado una crisis tan violenta.

Cuando esto pasaba, la España no sólo no tenía fuerza para precaverse contra el poder del ejemplo y el contagio de las doctrinas; sino que su gobierno, débil y desacreditado, pasó por reconocer a la República y ser el aliado del imperio que la siguió, y que no era más que la revolución misma moderada y organizada por el genio del hombre más grande que han producido los siglos. Desde Carlomagno no se había visto tal poder, ni una acción semejante: la Europa toda, vencida en los combates y cegada por la gloria del grande hombre, recibió de él la ley.

La corte de Madrid era entonces una escena de la más escandalosa prostitución y en la que no se podía ocultar la más absoluta incapacidad. Un rey casi imbécil, una nueva Lais sobre el trono, el favorito que recibía sus caricias, y un hijo desnaturalizado, que era el enemigo de su bondadoso padre, se disputaban encarnizadamente el mando y la corona, y para hacerse fuertes, todos ocurrieron al glorioso extranjero, que los juzgó a todos indignos de mandar y colocó en el trono a un príncipe de su casa. 

La nación despertó de su letargo, y, con heroísmo digno de su elevado carácter y de sus grandes recuerdos, se armó para sacudir el yugo que se le imponía. Por su fortuna ningún rey dirigía este movimiento, y se apeló sólo al pueblo, en el cual se reanimaron entonces las nobles ideas de libertad que la Inquisición y el despotismo no habían podido sofocar: se proclamaron los derechos del hombre, y se ocurrió al sistema representativo.

¿Qué sucedió en aquella época en la América? Los sentimientos de independencia que animaban al pueblo español se secundaron con ardor y no hubo más que un grito universal contra la invasión francesa: se excitó el entusiasmo de la multitud: se puso a la nación en movimiento: se abrió la discusión sobre los derechos políticos, y el poder omnipotente de la palabra impresa, conmovió todo el continente de Colón.

Entonces, ¿cómo discutir los derechos de la España contra Francia, sin pensar en los de la América contra la España? ¿Cómo a la vista de un gobierno opresor, débil e impotente olvidarse de la fuerza que se le podía oponer? Y para dar el último impulso a la revolución, por una mezquina inconsecuencia los liberales españoles querían libertad para su patria y esclavitud para la América, donde poco después de la constitución no fue más que una irrisión insultante, porque estaba privada de todo lo que pudiera hacerla efectiva.

Soñó, pues, la hora de la libertad de las naciones hispanoamericanas, y en México el 16 de septiembre de 1810 fue el primer día en que la dulce palabra de independencia resonó en nuestros oídos.

No os describiré ahora, señores, los sucesos de esta lucha de once años: muchos otros lo han hecho en este día, y no me sería posible más que repetir; a más, mi objeto es considerar no los hechos individuales, sino el curso general de los acontecimientos.

Bajo este aspecto nada extraños ni so0rprendentes son los fenómenos generales de este combate, que es juzgado todavía con tanta pasión y parcialidad por las opiniones y los intereses más encontrados. Cierto es que no fue un movimiento profundamente combinado, que no se siguió siempre en él un plan fijo y una marcha regular y calculada; es innegable que el desorden y la imprevisión hicieron perder las más bellas ocasiones, y que errores y faltas lamentables ayudaron a poner en descrédito tan justa causa; pero ¿quién es el insensato que se atreva a decir que lo hubiera hecho de otra manera? Los grandes funcionarios civiles, los jefes de la fuerza regularizada que había, el alto clero y los ricos comerciantes, todos eran entusiastas defensores de la esclavitud: no sólo se rehusaron a dirigir el movimiento emprendido, sino que se declararon sus implacables enemigos antes de saber la marcha que seguiría.

La causa de la independencia no podía ser la de esta miserable fracción que vivía de la tiranía y de los abusos. La necesidad de la emancipación se hacía sentir sobre esa multitud desgraciada que poblaba los campos y ciudades, consumiéndose en el trabajo y en la miseria, para saciar la codicia de sus amos que no le destinaban otro porvenir que el de la ignorancia y la esclavitud; y sobre la clase media de la sociedad donde residían las luces, la moralidad, el deseo del progreso y los sentimientos de humanidad; y estas dos clases, las últimas en la consideración del gobierno y las primeras en importancia social, se lanzaron solas en la carrera de la revolución, en la que dejaron profundas huellas de su carácter. La primera, inculta e ignorante, dotada de pasiones enérgicas e inflexibles, se arrojó al peligro y a la muerte con un valor indomable y una resignación asombrosa: era una especie de poder ciego e incontrastable, cuya energía se redoblaba con los obstáculos y que arrollaba súbitamente cuanto encontraba, sin pensar en la fuerza que perdía en estos choques. Pero sin esta clase, ¿qué hubiera hecho un pueblo desarmado contra opresores diestros y aguerridos? Y sin esas masas inmensas de hombres inermes, que se entregaban al combate, fiados no más que en la temeridad de la muchedumbre, ¿qué se hubiera puesto delante de las filas españolas? Pasiones exaltadas hasta el furor los agitaban, y en el ardor de la guerra y en medio de un combate de impecable exterminio, llevaron muchas veces por enseña la muerte y la devastación. ¡Horror a estos ejemplos, y que jamás sean repetidos! Pero ¡justicia para todo el mundo y que se pesen las circunstancias antes de decidir sobre los sucesos! ¿Se ha olvidado ya que éstos fueron hechos aislados y excepcionales, que entre los jefes de la revolución encontraron siempre las víctimas de ella los más generosos defensores y que la historia de aquella época está llena de actos de grandeza y de humanidad? ¿Se ha olvidado ya que este desorden no era peculiar de las filas de los independientes, sino que, por el contrario, fue una represalia? ¿Será justicia callar que durante esta lid, el gobierno había organizado la matanza más horrible, y que no sólo el desgraciado insurgente que caía en sus manos, sino todo el que se creía, con datos o sin ellos, que era partidario de la libertad encontraba en los tribunales, en las juntas de seguridad, en los jefes civiles y militares, y hasta en los subdelegados más infelices y en los simples cabos de una patrulla otros tantos señores, que lo enviaban a la muerte sin oírlo y que, no contentos con sus agonías, ni satisfechos con su muerte, despedazaban su cadáver y exponían sus miembros mutilados, no ya en los caminos públicos, sino en los balcones de nuestras casas y en el centro de las plazas públicas…? Os horrorizáis, señores, con este relato, y no es mi ánimo atormentaros en este día de placer y de gloria; más séame permitido el levantar mi voz en defensa de los mártires a cuya memoria tributamos hoy lágrimas de ternura; y esperamos en quietud que la historia falle un día sobre esas faltas, que las compare con las de nuestros enemigos y con las de otros pueblos, como el Francés y el Español, cuyas últimas revoluciones presentan excesos de furor de que nosotros no tenemos que avergonzarnos. Y al lado de estas faltas, ¡qué noble valor, que consagración heroica, qué constancia incontrastable tenemos que admirar! Fue, sin duda, un espectáculo bello e imponente el ver, en un pueblo extraño al combate de las luchas políticas, y educado sólo para las virtudes monacales, la multitud de hombres grandes que se levantaron del polvo para brillar con una luz que no se ofuscará jamás. El solo hecho de acometer los primeros tan audaz empresa, prefiriendo una muerte, segura aunque gloriosa, a las tristes comodidades de la esclavitud y al olvido de la posteridad, manifiesta ya el temple de alma de los Hidalgos, Allendes y Abasolos; y después, en tan dilatada guerra, en medio de esos hombres, que sucesivamente se presentaron en el combate, cuyo nombre nos oculta la historia y cuyas acciones esforzadas se juzgan comunes por su multitud misma; aparte de esos otros de cuya fama no nos hay llegado más que un ligero rumor, ¡qué grandes figuras históricas nos ofrece la revolución! Está ahí Galeana, el primero en los encuentros, cuyo arrojo y valor imperturbable recordó tantas veces al héroe del antiguo Ilión. Grande y generoso, Bravo aparece como lo más sublime del sacrificio y de la magnanimidad, legando a la historia un acto que los hombres de Plutarco envidiarían, Guerrero, salido del pueblo para ser el único a quien estuviera reservado el mantener el fuego sagrado, Guerrero solo, abandonado, quedando el último para hacer frente a los más inminentes peligros y para resistir a las terribles pruebas, se considerará siempre como el modelo de la más heroica constancia; más ¡ay! el héroe a quien respetaron las balas españolas, el corazón noble y generoso ante el que siempre retrocedió el puñal alevoso, fue asesinado en Cuilapa, víctima de la más negra traición. Y ¡oh, tú, el más grande de todos, vencedor de Acapulco, héroe de Cuautla de las Amilpas! ¿Qué vista alcanzaría a medir la extensión de tu genio inmenso, ni a comprender el conjunto asombroso que hacían de ti el hombre de las batallas, el regenerador de un pueblo y el modelo de las más grandes y difíciles virtudes?

Sí, señores, México fecunda en grandes hombres, debe estar orgullosa de los héroes de la primera época. El éxito no coronó sus esfuerzos y la muerte fue el destino que les cupo; pero, cuando ellos expiraban sobre los cadalsos, habían dado ya un impulso que nada podría contener, y para valerme de las expresiones de un grande escritor, “estos hombres que dominaron por la fuerza del carácter y la grandeza de los pensamientos, reyes electos por los acontecimientos que debían dominar, sin antepasados y sin posteridad, únicos en su raza, llenaron su misión y desaparecieron dejando al porvenir órdenes que él ejecutaría finalmente”.

Fueron, en efecto, cumplidas, y el 27 de diciembre de 1821 se consumó por el grande Iturbide la obra de los Hidalgos y los Morelos. ¡Cuán poco conocían entonces la marcha del espíritu humano los que pensaron que un pueblo emancipado daría menos pasos en la carrera del progreso y de la libertad que una colonia! Los que se imaginaron que la independencia sustraería a México del impulso de las teorías sociales, que conmovían al viejo edificio y que un trono vendría a consolidar aquí el despotismo, se equivocaban torpemente, tomando una medida de puras circunstancias por la base de la constitución de un pueblo nuevo, ante el que se presentaba un porvenir inmenso de libertad y dicha. El advenimiento de un Borbón al trono de Moctezuma no fue más que un delirio, que no hubiera dejado tras sí recuerdo alguno, si no hubiera despertado en el héroe de Iguala el deseo insensato de colocar sobre su cabeza una corona, que nada añadía a su gloria, ni a su poder, y que perdió tanto a él, como a su país, que nunca estuvo en mejor aptitud que entonces para constituirse. Cayó el grande hombre, y su caída fue una lección severa que la Providencia dio para hacernos conocer, que la gloria más brillante y el amor más ferviente del pueblo no podrían elevar en México un trono que no tendría arrimo alguno sobre qué apoyarse.

La república es un hecho consumado, contra el que no prevalecerá el poder absoluto de un hombre, cualquiera que sea el título con que se llame su despotismo, ora sea protectorado, monarquía o dictadura; y si, en la instalación de nuestras instituciones republicanas, las turbaciones y la agitación forman gran parte de nuestra historia, si las facciones se han sucedido en el mando, si hemos sido víctimas de los excesos, y si todo esto nos ha traído grandes males, es necesario no ser superficial tomando algunos hombres por todo un pueblo y a cientos sucesos por el conjunto de la historia de una nación. En este prolongado y doloroso drama, los elementos sociales se han mejorado mucho, cambiando lentamente la faz de la sociedad. Los prestigios con que los partidos han encadenado al pueblo no tienen ya fuerza sobre la multitud. Pasó el tiempo de las palabras, pronto llegará el de los hechos, y cualquiera que sea la actual complicación de intereses, la libertad, hija de la justicia y conservadora del orden; la igualdad, el más precioso y fecundo de los derechos humanos, se establecerán sólidamente, auxiliados por el cristianismo, cuyo espíritu es eminentemente liberal y democrático. Tal es hoy la marcha de los pueblos libres y civilizados, que han conseguido el imperio de la libertad, sin el terror de la anarquía, y el influjo de la religión católica sin el fanatismo, ni la barbarie. Lo obtendremos también nosotros, porque todo tiende a ello, las necesidades materiales de la sociedad, la marcha del pensamiento y nuestras relaciones con esos pueblos que nos sirven de ejemplo. Los sucesos inclinarían las cosas a este resultado e independientemente de toda voluntad individual tendremos instituciones análogas a nuestra situación particular y al espíritu del siglo. Cuanto muere pertenece a las viejas ideas, y cuanto nace viene en apoyo de las nuevas.

¡Asombrosa coincidencia de las causas más encontradas para producir un mismo efecto! De estas dos razas que vinieron a poblar el mundo de Colón, con caracteres tan opuestos; de estos dos pueblos, de los que el uno traía el espíritu de Felipe II, y el otro el de Penn; llevando éste la tolerancia y el jurado, aquél la Inquisición y el tormento: los dos se han encontrado en el mismo camino para marchar a idéntico fin con diversos medios. La democracia, hecho social el más importante que ha visto el mundo, expresión la más sencilla y fecunda de todos los bienes a que aspira la especie humana, es un hecho consumado en estos dos pueblos, mucho antes que lo pueda ser en los de Europa. La raza anglosajona lo ha fijado ya bajo el carácter que debiera darle un pueblo reflexivo en sus hábitos, clamando en sus resoluciones, eminentemente especulador en sus proyectos, frío en sus designios y hasta cierto punto monótono en su carácter. Este era el Norte. Pero falta todavía el ver a este mismo principio crecer y desarrollarse bajo la influencia de un clima ardiente, secundado por pasiones fervorosas, y encantado por la imaginación brillante de los pueblos meridionales. Es este el destino a que estamos llamados. Los pueblos de la Europa que pudieran precedernos, lidian todavía con sus envejecidas instituciones monárquicas y aristocráticas: no las pueden abolir prontamente: este paso costará violentas conmociones, y cuando llegue la hora de la democracia europea, el Nuevo Mundo se habrá enseñoreado ya de esta marcha, y nosotros, los pueblos hispanoamericanos, seremos los representantes del Mediodía.

La igualdad producida en Norteamérica por elementos tan fijos y tan inmutables, como los signos de un cálculo matemático, ha sido hasta ahora, como su resultado, una consecuencia forzosa, sujeta al análisis y que no sorprende al que ha seguido el desarrollo de las operaciones; resta ver ahora a este mismo principio no menos asegurado en sus bases, abandonado a aquel sentimiento de belleza, vago y sublime que tiene la virtud elevada: quédanos todavía por experimentar cuán grandes y sorprendentes no serán las consecuencias de ese mismo principio, cuando la generosidad y la filantropía se sustituyan al cálculo y al interés.

Tal es el bello ideal de la libertad humana, a cuyo logro se dirigen los primeros, en una carrera de progreso, estos dos pueblos tan diferentes. La democracia en las instituciones políticas está irrevocablemente establecida, y una vez que el pueblo ha allanado todas las desigualdades que se elevan entre él y el poder, desigualdades poderosas y profundamente enraizadas y fortificadas, sus miserables restos, que se hallan ahora como en desgracia y pidiendo asilo en las últimas relaciones de la vida social, desaparecerán por una muerte súbita y sin los honores del combate. ¡Compasión para los que piensan detener la marcha de la humanidad y atar sus destinos a los tiempos de barbarie y de ignorancia!

Ni es esta la revolución de un solo pueblo: es el destino de la humanidad entera.

En otro tiempo, la libertad y la virtud brillaban en repúblicas poderosas bajo el cielo de la Grecia y en las orillas del Tíber; más desaparecieron con el germen de sus principios sociales: dejaron al mundo lleno de su gloria y de sus recuerdos; pero no prepararon herederos de su fama: viles tiranos y cobardes esclavos profanaron el Capitolio y el Areópago, y ¡destino singular! el imperio romano, por una fatalidad misteriosa, abandonó los palacios de los Antoninos para ir a establecerse sobre las orillas del Bósforo, donde el poder del Mahometismo, poder el más ciego y material que ha aparecido sobre la tierra, reunió a la vez bajo su cetro a los pueblos de Leónidas y de Bruto.

Así pereció la libertad, hija de las costumbres; pero la libertad, hija de las luces, es tan perdurable, como el espíritu humano. Todas las pasiones del mundo moral no podrán destruirla jamás, y la humanidad marcha sin tropiezo a la perfectibilidad, apoyada sólo en tres o cuatro descubrimientos de la más alta importancia.

¿Y cuál será el límite de esta perfectibilidad?; he aquí una cuestión insoluble. Para resolverla, sería necesario conocer a fondo toda la fuerza de la inteligencia humana y todos los instrumentos que el mundo físico le ofrecerá en el decurso de los tiempos. Cuatrocientos años hace que el descubrimiento del Nuevo Mundo y de la imprenta, y sus inmensos resultados, habrían sido vistos como sueños o utopías: ahora mismo esta civilización, de que estamos tan orgullosos, tal vez es más grande por los medios que ofrece, que por los resultados que ha producido: no constituye quizá más que una rica época de transición; y si no es lícito creer que la armonía del mundo no se desmentirá en su más bella obra, que es el hombre; sí podemos esperar que Dios no habrá dado en balde la igualdad de las facultades y de las aspiraciones a todos los individuos de la especie humana, es justo y hermoso confiar que, en su obra incomprensible, estarán los medios de desarrollar todas estas facultades, de satisfacer todas estas aspiraciones; que es el grande y definitivo problema de la igualdad, principio decisivo de la suerte del hombre y sobre el que es necesario confesar que no hemos obtenido más que soluciones imperfectas. Ignoramos los medios de obtener estos resultados; pero debemos dudar de nuestras luces y no de las de Dios.

Tal es, señores, la esperanza y el porvenir del mundo: y en esta revolución asombrosa que lo prepara, la caída del imperio de nuestros padres y la trasmigración del pueblo español al Nuevo Mundo con todos los sucesos que se encadenaron desde entonces hasta hoy, es uno de los acontecimientos más importantes. Su cuadro era eminentemente propio y digno de este día: me he ensayado a bosquejároslo con el conocimiento de la insuficiencia de mis fuerzas y, sin otra preparación, que la meditación de algunas horas, no porque creyera sorprenderlos y brillar, sino porque lo creí superior a la estéril relación de los sucesos de una guerra que todo el mundo conoce y al triste mérito que pudieran tener palabras dirigidas a adular las pasiones y los intereses del momento. Este cuadro es por sí rico y magnífico y a más él presenta a vuestra gratitud la importancia de los servicios de los héroes de la Independencia y a vuestro noble orgullo la grandiosa influencia de este suceso; lo que a la vez sirve de recordar los deberes que nos ha impuesto el destino.

Señores, en la larga época de nuestra vida futura, éste será siempre un día grande y de patriótico recuerdo: ningún mexicano, digno de este nombre, lo proscribirá, insultando las grandes y gloriosas memorias que le están unidas, y en él, cualesquiera que sean las circunstancias del país, los jaliscienses se reunirán para celebrarlo, con todo el ardor de su elevado patriotismo. Cien voces elocuentes y solemnes resonarán tal vez desde este mismo punto en que ahora hablo, para celebrar las glorias de nuestros libertadores, pronunciando también un fallo justo sobre nuestras desgracias, nuestros desaciertos y nuestras esperanzas. ¡Que cada vez que este día luzca sobre el horizonte, el amor de la independencia sea un sentimiento más vivo, que se recuerde la libertad más asegurada y la igualdad con nuevos progresos!

En fin, señores, ¡que el día 16 de Septiembre sea siempre un día de paz y de ventura!

Reyes Heroles Jesús. Mariano Otero Obras. Recopilación, selección, comentarios y estudio preliminar. Colección Biblioteca Porrúa de Historia. Editorial Porrúa. Tomo II, Págs. 405 a 420. México. 1995.
 

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