(Escribo por orden de la Cámara)

Al formar el proyecto que hoy se discute, las comisiones estuvieron muy distantes de creer que de todas las disposiciones que él contiene, ésta, la de supresión de dos plazas de las once de Ministros numerarios de la Suprema Corte de Justicia, sería la que más había de llamar la atención y la más digna de disputarse; porque nunca se les presentó ni muy grave de por sí ni tan importante que mereciere la preferencia respecto de algunas de las demás; por eso, apenas se ocuparon en fundarla indicando ligeramente algunas reflexiones que la apoyaban.

Pero después ella ha sido atacada con esfuerzo por algunos Sres. Senadores y por el Sr. Presidente de la Suprema Corte de Justicia, quien en sus observaciones que impresas se nos han distribuido, asegura que la reforma propuesta “ofende la razón, la Justicia y la Decencia; que introduce una novedad estupenda; que arrolla de un solo golpe muchas de otras leyes; que ataca las garantías legales del hombre aún en los más respetables funcionarios y que echa por tierra los principios de toda buena legislación aun de la establecida en los gobiernos despóticos”; de manera que si todo esto fuera exacto y si ella se adoptase, la República deberá no solo envidiar la condición de los otros pueblos; sino entrañar bajo este aspecto, la misma organización que tuvo en su época colonial. Y ya se ve que una impugnación tan seria en su carácter, como respetable en su origen, ha debido obligar a las comisiones como supone el Sr. Gamboa a pensar con meditación sobre el asunto y constituirlas en el estrecho deber de manifestar al Senado que si ellas insisten en su primer dictamen a pesar de todo el respeto debido a las opiniones del Sr. Peña, y sin embargo de que tienen la mejor voluntad para confesar cualquier error en que hubiesen incurrido impidiendo que aún el más pequeño de los males que de él pudiera seguirse, es porque no han que aquellas calificaciones sean justas; porque entienden que lejos de que sus teorías tengan ese carácter de novedad que llegaría a la extravagancia, están de acuerdo con los mejores principios de legislación, con lo que se practica en los países más adelantados, y con el espíritu mismo de otras leyes.

Procuraré manifestar los motivos de esta convicción y súplica al Senado dos cosas: que me perdone la molestia inevitable de entrar en examen de las razones, de las autoridades y de los monumentos legales que se citan en contra; y que olvide la distancia que media entre los que contienden para no omitir más autoridad que la de la razón.

En la exposición de los motivos por los que las comisiones consultaron la supresión de más desplazados, se dijo en general que una Sala de cinco Ministros no “prestaba más garantías que otra de tres”; y procediendo sobre la equivocación que más adelante expondré ser palpable de que con solo nueve Ministros, la Suprema Corte no podría tener sala de cinco, se hace de sola combinación tales elogios, que difícilmente se podría creer que se contraponía a otra tan próxima como la de tres y admitida tan generalmente esta lo es entre nosotros. Porque no hay duda ni el S. Peña ni las comisiones quieren que los Tribunales de Apelación sean unitarios; ni el uno ni las otras están tan poco por tribunales numerosos; ambas provienen de los Tribunales en que el número de los Jueces sea par y convenidos así en principios, es decir en la adopción de los tribunales colegiados de números impares y no muy numerosos, solo diferimos en preferir el uno al otro de los dos puntos más próximos de una misma escala, la Sala de 3 a la de 5; y de aquí ¿no se sigue por necesidad que todas las razones que puedan darse en favor de una de estas dos graduaciones observan con más o menos fuerza en favor de la otra que como ni es posible que entre otros dos pasos haya tanta diferencia que el uno constituya la mejor de las combinaciones y el otro merezca calificarse de atentado inaudible. No Señor, la cuestión desde el principio que ha extraviado por la exageración tan impropia de estas discusiones en que es necesario reconocer el bien o el mal y pensarlo sin pasión, sin espíritu de sistema.

Nuestra diferencia consiste más bien en las teorías que en la aplicación y solo explica por qué no nos convenimos. Las comisiones asentaron que una Sala de tres no era inferior a una de cinco, aquella llevaba otras ventajas: mayor celeridad, responsabilidad más directa, y la circunstancia de que en el caso de una sentencia dada a simple mayoría en ambas Salas, esa sentencia tendría más probabilidades de justicia en la de tres que en la de 5. Por más que se haga Señores estas mismas ventajas se quedarán siempre en favor de la Sala menos numerosa porque ellas disminuyen en la proporción que se aumenta el número de los Jueces: quedarán a favor de la de 5 respecto de la de 7.

La mayor celeridad es evidente y obra todo en favor del menor número porque no puede negarse que mientras el número es mayor se necesita más tiempo para imponerse de los negocios, se dificulta más la reunión de los Jueces; estos cambian con más frecuencia y es más pausada su acción. Pero ¿esta tardanza no proporciona mayor abstracción? ¿aquélla celeridad no nos lleva a la justicia férrea de que habla Montesquieu?. Ni lo uno; ni lo otro. La discusión se ilustra en los tribunales, no tanto por el esfuerzo de los Jueces, como por el de las partes que motivadas por sus abogados e implicados por su interés desentrañan y alegan cuando les es favorable, y sin duda que bastan tres hombres medianamente instruidos, con tal que sean rectos para distinguir en ese choque de alegaciones la verdad del error y la justicia de artificios de la astucia la experiencia acredita que no es en los cuerpos más numerosos en donde las cuestiones se examinan mejor, y por esto precisamente, refiere el Sr. Peña que en Inglaterra los jueces dejan que esos nutridos números de colegas desempeñen las funciones judiciales de toda la Cámara. En cuanto a la cita de Montesquieu, ya victoriosamente contestada por Bentham, lo mismo que la de Berenguer que también se le opone de nuevo, yo agregaré Sres. que Montesquieu, al examinar la relación de las leyes criminales con el principio del Gobierno no pensó en el número de los Jueces; sino en las formas del juicio; no condenó al Bajá porque era un juez único, sino porque era un Juez que no instruía causa, que no averiguaba los hechos, que no permitía la defensa, que sentenciaba sin sujetarse a ninguna ley existente; y así, la autoridad de este publicista en nada obra con nuestro dictamen.

Sin embargo, tan recomendable como es la celeridad, no constituye la primer ventaja de los poco numerosos: me parece con mucho, superior a ella la responsabilidad del que tan largamente trata Bentham y que muy mal se confunde con el poder absoluto de encauzar lo mismo a un Magistrado que a 5 que a 10; este pensador eminente, observa que “la rectitud de un Juez depende de su responsabilidad ante las leyes, ante la opinión y ante su propia conciencia”, y demuestra que esta responsabilidad disminuye con el mayor número 1º porque una corporación de Jueces poderosa y de mucho número, robustecida con sus relaciones sociales, en vez de estar sujeta a la opinión pública, se juzga en estado de darle la ley pues si este, “un resultado necesario de la prevención popular en favor de la clase, de la autoridad y de la instrucción que se supone en la reunión de hombres escogidos”… y así, “la historia de las corporaciones numerosas nos prueba dos cosas: su independencia de la opinión y su ascendiente sobre una parte mayor o menor del público”; 2º Porque “la pluralidad suministra a los Jueces un medio de absolverse a sí mismos echándose la culpa unos a otros de la odiosidad de un derecho injusto, de manera que siendo obra de todos no lo es de ninguno. Confieso que tal no era mi modo de ver, pero la opinión general era tan poderosa que no pude remitirla”. Esto es, dice el lenguaje de varios Jueces y el de sus amigos; de suerte que la debilidad que cede para por modestia y la cobardía por deferencia. Si ha habido empate conocido de opinión, cada cual se liberta o liberta a sus partidarios al abrigo de una minoría desconocida. Así es como se elude la afrenta de una injusticia y como se desvanece en la muchedumbre. Pero un Juez único está ligado a su deber de una manera indisoluble, y no tiene escapatoria; es una corona o una argolla; 3º. Porque la estimación de los Jueces fortifica contra la censura de fuerza y 4º. Porque la pluralidad hace menos necesarias la atención y el cuidado: la pereza introduce el hábito de fiarse en el más ilustrado o en el más activo y los Jueces asisten al tribunal como por una mera ceremonia: además sin comprometerse, sin llegar hasta la corrupción pueden por una serie de actos muy fáciles porque son de omisión no hablando, no advirtiendo, no esforzándose, favorecen una causa injusta.

Estas razones me parecen de ingente fuerza y yo no veo que la contestación reducida a la mera posibilidad de formar causa a un tribunal numeroso disminuya su poder aunque para calcularlas bien, lo mismo que para apreciar la justicia de nuestras encontradas opiniones se necesitaría bajo este y los otros aspectos no compararlas en sistemas divididos por una distancia mínima sino en otros más notablemente distantes. Figurémonos para todo que no se trata de escoger entre 3 y 5 sino entre 3 y 15 y entonces se verá a mayor luz de qué lado está la razón.

La tercera circunstancia de que ha hecho mérito la comisión y que consiste en la proporción de la simple mayoría absoluta en uno y otro sistema, es todavía de más peso y no obstante ha sido considerarla como falsa, como paradójica, como una ingeniosidad sofistica”. Veamos porqué. La comisión ha dicho que “la probabilidad del acierto de una reunión puede calcularse de dos maneras: o computando aisladamente los votos del Tribunal revisor o en relación con los de los Jueces cuya sentencia revisa. En el primer caso y en Tribunales de número impar como los nuestros, en que se sentencie con la mayoría. De dos a uno la probabilidad bajo esta misma proporción es mayor que la de tres a dos, ésta mayor que la de cuatro a tres y así sucesivamente, de modo que se puede asentar con todo el rigor de una verdad metafísica que supuesta tales condiciones, la decisión tomada a simple mayoría, es tanto menos probable cuando mayor sea el número de Jueces”.

El Sr. Peña no conviene en el principio y nos refuta de la siguiente manera “diré en 1er. lugar que las regulaciones de votos no deben hacerse cómputos exactamente matemáticos porque los hombres y sus juicios no admiten fracciones como las admite los números de las operaciones aritméticas.

Diré en 2o lugar que todo legislador para dictar una disposición no debe apoyarse en ingenuidades que pueden calificarse de sofisticadas, sino en especies y cosas naturales y claras que estén al alcance de la curiosidad. Esto supuesto no dudo asegurar, que una Sala de cinco Magistrados siempre presentará al pueblo el concepto de mayor probabilidad del acierto que más de 3, porque la autoridad extrínseca o la mayor fuerza moral de una sentencia, siempre dependerá del mayor número de votos que concurran para dictarla, pues que los votos no se pesan, sino que se encuentran al regularlos. Esta es una verdad obvia de suyo, que no necesita de pruebas grandes ni chicas para conocerse, porque está al alcance del hombre más estúpido.

Su justicia y naturalidad resaltarán más y más si se analizan brevemente los diversos casos que pueden ocurrir: supóngase que los 9 Ministros de una Sala están conformes en una votación y que también lo están los que componen la de tres. ¿Quién duda legalmente de que la 1ª conformidad tiene mayor valor moral que la 2ª?

Supóngase que en la Sala de 5 uno haya disentido, nadie dudará tampoco que la conformidad de los 4 restantes que hicieron sentencia tendrá mayor fuerza moral que la absoluta conformidad que en la Sala de 3 porque aún el voto del que disintió acredita más y en cierta manera da mayor pero a la conformidad de los cuatro que se mantuvieron conformes, a vista y en discusión tenida con el que disintió.

“Supóngase, en otro caso, que en la Sala de 5 disintieron dos, y uno en la Sala de 3. Entonces la ventaja en una y otra Sala es de un voto más, porque equilibrados o empatados (como se dice) dos con dos en la 1ª y uno con uno en la 2ª, la ventaja en cada una de ambas Salas es de un voto más, que por eso hace sentencia. Pero es de notarse que, aunque en ambas Salas la diferencia es igual por ser de un voto, aun entonces la probabilidad del acierto está a favor de la Sala de 5 porque se supone haber más contradicción con los dos disenzientes, mayor discusión, mayor interacción en los puntos cuestionados y menores peligros de parcialidad o corrupción”.

La teoría es importante y necesita que la analicemos aunque sea rápidamente.

Aquí Sres. todo el argumento consiste en confundir dos cosa que deben considerar con separación en una sentencia; el número de Jueces que concurren a dictarla que prevalece; si se considera lo 1° y hubiere un medio de hacer que todas las cuestiones se decidieran por unanimidad, los Tribunales serían de veras mejores miembros fueran más numerosos; porque es indudable que una sentencia de 3 unánimes es mejor que otra de dos, así como la de 4, si mejor que la de tres y sucesivamente pero como cita unanimidad es imposible a no ser que ella se obtenga por algunos medios de sentencia que por ser tales desvirtúan el testimonio así los matemáticos como los legisladores han puesto todo su cuidado en obtener una cierta mayoría que pueda infundir confianza; y bajo este supuesto, la teoría de la combinación asegurando que en las sentencias dadas a simple mayoría, la Sala de 5 ofrecía menos probabilidades que la de 3 ni es falsa ni paradójica, es verdadera, incontestable, examinada con aquel criterio que no admite ningún género de disputa: es una verdad matemática: En los Tribunales de ocho Jueces, dice Laplace en que se necesitan cinco votos para condenar, la probabilidad del error es de más del sobre 4; mientras que si el Tribunal fuera de 6 y se necesitaran 4 votos, de manera que al acusado le convendría la reducción del número, aunque en uno y otro caso la mayoría exigida sea la misma de 2 votos. De donde se sigue que siempre que ésta mayoría no se altere, la probabilidad del error aumenta con el número de los Jueces y el acusado se encuentra en una situación menos ventajosa, a medida que el Tribunal si más numeroso.

Pero este resultado es numérico, se me contestará y ya se ha dicho que semejantes cuestiones no pertenecen al dominio de las matemáticas” porque los “hombres y los juicios no admiten fracciones como las permiten los números en las operaciones aritméticas”. De facto, hay causas que influyen o en el error o en el acierto de las decisiones judiciales, como el conocimiento de los hechos, el buen juicio, el ánimo desapasionado, la ciencia, el amor a la justicia, la firmeza de carácter y otras de esta misma naturaleza las cuales, consideradas a priori, se encuentran enteramente fuera del cálculo aritmético, pero cuando, supuesta esas condiciones en un término medio, o hecha abstracción de ellas, se pregunta, como aquí, en que pararon el aumento de los votos a favor de un extremo por su diferencia con los del contrario, aumenta la seguridad del acierto, entonces este elemento aislado, al número de votos, es un elemento rigorosamente matemático en cuyo cálculo puede procederse con la misma exactitud con que se procede en la resolución de cualquier otro problema de aquella ciencia. Las matemáticas Sres., no vienen a ser más que la razón común expresada por medio de fórmulas exactísimas; a una ecuación algebraica puede, conservando su verdad, traducirse al idioma vulgar en la forma de un raciocinio común sin más verdad a que la de la brevedad de su expresión; de manera que la ventaja del 1er procedimiento consiste en que sus signos, su idioma más exacto que el común, simplifican las operaciones y llevan a resultados que no se podrían obtener por el método común, sin dotar a la inteligencia humana de aquella facultad que nos viene de abrazar con rapidez una serie de relaciones complejas.

Lo mismo sucede con el cálculo de las probabilidades. Laplace asegura que no es otra cosa más que el buen sentido; y como esta cuestión proviene de las más sencillas, de las que no necesitan los extremos conocimientos matemáticos, de que yo tengo la desgracia de carecer, procuraré manifestar al Senado cuan erróneo sea el concepto de que el voto de tres contra dos sea más probable que el de dos contra uno encargándome de la razón que se da para ello, que es la de la mesa de cada uno de los Jueces de la mayoría que permite en su opinión después de un debate contradictorio. Esta circunstancia efectivamente, prueba que la opinión de esos Jueces es más meditada, pero no aumentaría el valor moral del fallo sino en el caso de que después de la discusión no quedara una razón igual por el extremo contrario. Más cuando después de ella, el Juez que diciente se manifiesta también firme, si pesan la convicción de 4 que reciban a uno pesan también la convicción de uno que recibe a 4; y entonces tendrían que cada uno de aquellos votos no es superior a este por tal circunstancia. Al contrario: mayor firmeza de convicción se necesita para obtener una opinión aislada que para descansar en el apoyo y la responsabilidad de la mayoría; y lo cierto es que en materias opinables donde hay división hay duda. Ahora para demostrar hasta qué punto lleva el error de la consecuencia; supongamos un general compuesto de 3 Jueces y 2 sentencias, una de 2º contrato que es la misma proporción de dos a 1 que de 18 contra 12 que es igual a la de 3 a 2 pues bien no sería absurdo decir que esta sentencia de 18 contra 12 era más probable que la primera de 2º contra 1º cuando comparadas las dos mayorías esta tiene dos votos más que la de 18 y, cuando las diferencias con esas respectivas minorías son de 10 en la primera, y solo de 6 en la segunda pues, Sres. estos dos casos son los de una sentencia de 2 tercios contra 1 y de tres quintos contra 2: todo el procedimiento se reduce a buscar términos de la misma proporción sin números fraccionarios. Este resultado sí que no necesita razones chicas ni grandes, y sin embargo no hay en él una forma matemática…!

Por lo demás, las Comisiones jamás se arrepentirán de haberse buscado uno de los fundamentos de su opinión, en la autoridad de los sabios que han aplicado el cálculo a la decisión de los tribunales; y que aunque ellas no comprendan todos sus procedimientos, como tampoco entienden los cálculos astronómicos, saben que en la jurisprudencia en la estadística y hasta en las ciencias naturales se han obtenido resultados maravillosos por ese medio porque no pueden creer que hombres tan eminentes como Condorcet, Lacroix, Laplace, Poisson, Arago y tantos otros estuvieran a la par y con el aplauso de todas las academias de Europa, cometiendo el insensato error de aplicar sin cálculos a una materia incapaces de sujetarse a tales procedimientos pero que saben que aun los jurisconsultos han recurrido a la ciencia de esos mismos nombres; que Codorcet escribió su obra para instancias del Ministro Jurgot y después fue consultado por la comisión que en la Asamblea Nacional se formó para organizar los tribunales y que en otras asambleas muy doctas sus cálculos han sido escuchados con respeto.

Permítasenos esta defensa para satisfacer al Senado porque no hemos venido a exponerle paradojas, ni ingeniosidades sofisticas, y veamos la cuestión bajo de un punto de vista puramente legal; pues conocemos cuánto vale el ejemplo de los legisladores que nos han precedido, y estamos muy lejos del empeño de trastornar en un día y de una plumada toda la legislación; precisamente por entredije hace muy poco que los legistas mucho antes que los matemáticos, habrían cuidado y con el mayor empeño, no tanto del número de los Jueces, cuanto de la mayoría de los votos que se necesitaban para condenar; y esta circunstancia que ya observé como se confunde para impugnarnos es aquí todavía de mayor importancia, para que nos muestra el verdadero camino del acierto, y porque con ella en la mano todo el peso de la autoridad de los legisladores nacionales y extranjeros que se necesitan para confundirnos viene precisamente en apoyo de las teorías que defendemos.

¿Qué es sino lo que para en Inglaterra cuna, y quizá todavía modelo de las instituciones judiciales? Yo no sé qué allí se hayan ocupado mucho de si los jurados debían ser 10, 12, o más y sí incontestable para la ley que allí se considera como paladium de la seguridad privada es la ley que para el fallo requiere la unanimidad. En la Francia tan sabia como es, tampoco se ha disputado si los jurados serían 8, 10 o 12; pero cada vez que se ha tratado de erigir una mayoría de 2/4, de 2/3 o de 7½ ha habido un acalorado debate, en el cual los defensores de las garantías sociales han levantado su voz para advertir que mientras la mayoría fuese menor, el número de inocentes condenados sería proporcionalmente mayor. En una discusión de esta clase después del atentado de Fierochi, el célebre Arago combatía el proyecto de que el voto de 7 contra 5 fuera bastante para declarar reo al acusado y exponía cálculos muy curiosos. “En la hipótesis dijo de que la determinación de un jurado sea decidida por 7 entre 12 según propone el proyecto de los Ministros, hallarán muy terrible el resultado del cálculo: las probabilidades de error en tal caso están en proporción de uno a cuatro no manifiesto las operaciones porque parecerá que estaba haciendo un discurso a mis discípulos; pero puedo asegurar que las he formado imparcialmente en los más exactos principios matemáticos y en esto, a la verdad, no hay mérito alguno porque nada puede darse más sencillo. Pero la justicia exige admitir que el error del jurado, sobre el plan del proyecto, puede estar tantas veces a favor como en contra del acusado; de modo que si en lugar de la proporción de 1 a 4, suponemos que la probabilidad de error contra el acusado, en la mayoría de 7 contra 5 no es más que en proporción de 1 a 8, o aún de 1 a 10, la consecuencia en rigor matemático, que es demostración que será que entre los hombres mandados al suplicio uno perecerá inocente ________ Según la ley actual del Jurado en Francia que requiere la mayoría de 8 contra 4, la probabilidad de error está solo en proporción de 1 a 8; más pudiendo ser ese error en pro o en contra del acusado supongamos que la proporción es solo de uno en diez y seis. Ahora pues, según la ley actual tenemos la probabilidad de que muera un inocente entre diez y seis ajusticiados. ¡No basta esto Sres.! Aún en el sistema inglés de unanimidad puede ocurrir error porque la mente humana está en todas partes expuesta a errores; pero en el jurado inglés la proporción en infinitamente menor porque viene a ser justamente de uno a ocho mil. Estas palabras fueron oídas con respeto, y aunque triunfó la ley propuesta por el Ministro, se inventó contra la sentencia dada por simple mayoría un discurso especial. Después, establecida la República ha vuelto a erigirse la mayoría de 8 al tiempo mismo que el número de Ministros del Supremo Tribunal Nacional se ha reducido en la última constitución Tan cierto así es que la multiplicidad de los Jueces cada día pierde más terreno.

Y en España también Sres., en la España cuyos códigos tienen más de un título a ser admirados del jurisconsulto y del filósofo, el legislador ha buscado igualmente la garantía no en que los tribunales se consideran de 5 Jueces como se ha querido sostener, sino en que la condenación resultara de un número respetable de votos; y para convencernos de ellos basta registrar esos códigos. La ley 5ª titulo 6 Libro 2 de la revolución erige que en la ley en el sentenciar los aleados de la Corte las causas criminales sean tres concordes; y la 4 del mismo título y libro es todavía más expresa. Es nuestra merced dice, y mandamos que en las causas criminales todos los dichos de estos cuatro Jueces aleados se junten para sentenciar y condenar, o absolver definitivamente, o al menos sean tres aleados, y no puedan ser menos, y si en nuestra Corte no estuvieron tres aleados que los del nuestro concepto pongan y disputen otras tantas personas de entre ellos mismos, cuantos aleados faltaren hasta en un número de tres; y lo que estos sentenciaren, y mandaron, que aquello se ejecute y que de ello no haya ni pueda haber apelación”. Otra ley española la 1ª título 7 libro 2º estableció también que en las cancillerías de Granada y Valladolid hubiera tres Alcaldes para que decidieran en apelación y súplica las causas criminales con calidad de que en las de muertes, mutilación, pena corporal o de vergüenza fuesen los tres votos conformes aunque en las penas de menor gravedad bastara el voto de la mayoría y la firma de los tres. Y esa misma cédula de los cinco Sres. citara con tanto aparato en esta discusión no decía más; porque si bien es cierto que allí se erigía para la imposición de estas penas por las audiencias la concurrencia de 5 Ministros se aceptaron las de Asturias, Mayorca y Canarias y todas las de América menos las de Lima y México declarándose que en todas estas bastará, son palabras de la cédula “que en su número (el de los Jueces) no baje de tres que son los que se necesitan, estando conformes de toda conformidad en su voto, para ser sentencia en los pleitos civiles de mayor cuantía y en las causas criminales en que tenga lugar la imposición de pena capital.

¿Y así Sres. se ha dicho que la vista de una causa por 5 Jueces ha sido en la legislación española un punto elemental, una garantía inviolable para todos los Tribunales tratándose de la vida del último de los vasallos? Sres. este supuesto combatido por los mismos monumentos en que se apoya, se nos escoge para formar contraste a nosotros que con todos nuestros errores y nuestro escaso saber hemos sido siempre celosos defensores de las garantías individuales.

¿Ni porque aun cuando tal institución fuese mala nos tocaría la responsabilidad de la invención? Desde la Independencia no han emitido en todos los Estados Salas de tres Jueces para todos los negocios? La ley de Administración de Justicia de 1837 no estableció en todos los Departamentos Salas de solo tres Magistrados sin que en diez años se dijera por esto que los mexicanos independientes vivían sujetos a una condición más infeliz que la que tuvieran bajo la dominación española. Ahora mismo ¿no se están ejecutando sentencias de muerte dadas por la Suprema Corte en Sala de tres?

Pero no aumentemos los ejemplos, Sres. básteme ya solo presentar un muy reciente y cuya autoridad me parece inexcusable. El Gobierno quiso que la Suprema Corte de Justicia asociada con dos Jueces de letras y el Sr. Rector del Colegio de Abogados, le presentasen el proyecto de una buena ley de administración de justicia criminal; en este proyecto presentado el 4 de mayo del presente año se lee el siguiente artículo___ Esta sentencia (la de vista) causará ejecutoria siempre que confirme la del Juez inferior por mayoría de votos, o la revoque por conformidad absoluta de los tres que componen la Sala. Más si la sentencia fuere de pena capital, para su confirmación, se requiere también la confirmación absoluta de votos”___ He aquí como cita común muy digna, estos letrados entre cuyas firmas está la 1ª la del Sr. Peña y Peña consideraban que sin necesidad de tres instancias de Sala de cinco, bastaban dos y cuatro votos para la imposición de la pena capital; y las mismas instancias y solo tres votos para cualquiera obra; asegurando, y con mucha razón, en la parte expositiva que estas reglas eran las más liberales y equitativas, con sus propias frases, “y que ellas prestaban toda la seguridad posible y toda la certeza moral necesaria” de manera que no podía hacerse más en solicitud del acierto.

Siento haberme extendido en una materia de poco interés para la cuestión; pero podía dejar pasar las teorías y he pretendido refutar; y lo siento porque aun cuando nada de lo dicho fuera cierto, no por eso debería reprobarse el artículo que le disiente pues que de reducir a 9 en número de Ministros numerarios de la Suprema Corte, no se sigue, como se ha supuesto, que ya no podría haber Sala de cinco que conociera de los negocios en que se estimara conveniente ese número; al contrario; existen diversas combinaciones, de las cuales ninguna es inferior a la actual y muchas son superiores en que podría conservarse la Sala de cinco, sin más número que el de nueve Ministros propietarios. El Senado me permitirá que entre en esta materia de grande interés si se considera que ella envuelve puntos muy vitales de la organización judicial.

Las comisiones no solo consideraron la probabilidad del acierto de un fallo, por la relación de los votos de los Jueces que forman la Sala, sino por su comparación también con los votos de las otras Salas que habían debido conocer en las anteriores instancias y bajo este aspecto, anunciaron que nuestra organización estaba muy mal calculada e indicaron la necesidad de establecer una reforma útil o la abolición de la 3ª instancia, o la adopción de un sistema por el cual las sentencias de la 2ª solo quedaran revocadas cuando hubiera contra ellas un número mayor de votos, o votos que tuvieran a su favor mayores presunciones de acierto; pero esta reforma que considero de un interés muy superior al de la cuestión que he querido examinar antes, también ha sido tratada con desprecio asegurándose que “nada tiene porqué librarse nuestra legislación ni por la multiplicidad de la instancia, ni por la multitud de los Magistrados; ni nada por lo mismo que merezca innovación sobre este punto mayormente si se compara con las de otras naciones civilizadas ¡ojalá que este juicio fuese cierto: las comisiones quedarían convencidas de ignorancia y de ligereza pero nuestro país ganaría muchas cosas con eso.

Analicemos:

De lo antes expuesto, se sigue de una manera incontestable que existe un principio en el cual todos convenimos, un principio que nadie ha puesto ni ha de poner en duda, y es el de que en materia de decisiones tomadas por cuerpos colegiados, la presunción del acierto está a favor de la mayoría absoluta; y así Señores, si hubiese una ley que organizando un tribunal de once permitiera que fuese sentencia el dictamen de 5 contra 6 o aun el de 4 contra 7, se diría que todos, y con mucha razón, que era esta una institución; que la justicia quedaba sin una sola garantía; que el legislador parecía haber buscado el modo de ultrajar la razón pues sin embargo, la fuerza de la preocupación es tal, que teniendo nosotros una institución idéntica no la rechazamos pero que ello es así, que la combinación actual de las tres instancias facilita este triunfo de las minorías, es indudable es aritmético; supongamos si no un negocio en el que haya dos interesados A y B en 1ª instancia A tuvo dos votos y B uno: en segunda A 2 y B 1 en tercera A 2 y B 3: B triunfa con 5 votos contra 6 y lo mismo sucede cuando en la 3ª instancia por unanimidad de 5 se reprueba la sentencia dada en 1ª por unanimidad de 3 y confirmada por otros tres en 2ª pero como esta sentencia de 3ª instancia se forma con tres votos, es claro que nuestra legislación permite que prevalezcan 4 votos sobre 7 y también 3 sobre 8; y esta es la legislación que en nada tiene que reformarse. En el ejemplo anterior nos aterrorizaba la idea de que el voto de 4 pudiera prevalecer sobre 7 al decidir, de la propiedad, de la vida, del honor, y aquí se hace una combinación de instancias, se altera la forma y pasamos por que 3 prevalezcan sobre 8 ¡Cuan cierto es que el espíritu más ilustrado se somete a las contradicciones más chocantes!

Como tan grave mal no puede ser negado, en apoyo de la organización de que procede ha sido necesario buscar una contestación plausible y únicamente se han encontrado estas dos razones: la primera que cita pormenores quedan en secreto y el público solo sabe que 5 reprueban lo que hacen 3; y segunda que aquellos casos son raros y extraordinarios y que las leyes no se hacen para ellos. Pero ni es cierto que sean secretos los pormenores de una votación, porque se revelan completamente si las partes usan del recurso de responsabilidad; ni las leyes tutelares de la inocencia y la justicia buscan efectos de imaginación; si no una seguridad verdadera y positiva. Para valernos de los ejemplos ya citados. El turco puede resignarse a la expeditiva justicia del gran Señor, creyéndolo el representante de la Divinidad: el francés los tendrá con esfuerzo que él no puede ser condenado por la mayoría de 8 votos contra 4; y el inglés se enorgullece considerándose el hombre más libre de la tierra al recordar que no pueden su condenación si no cuando concurra la unanimidad de los doce jurados; y aunque de estos tres, el turco sea indudablemente el más persuadido de la justicia de su país, no será por esto tal justicia la que un legislador ilustrado se propondrá jamás por modelo. En cuanto a lo raro o extraordinario. De esta combinación funesta, ella es más frecuente, mucho más temible de lo que parece si se considera que la minoría prevalece sobre la mayoría, no solo cuando la tercera instancia revoca dos sentencias conformes sino también cuándo discordes cifras decide a simple mayoría en favor de una contra otra que hubiera sido dada por unanimidad y contara con un voto en la instancia cuyo fallo confirma; y además, porque una inequidad sea remota deja de ser mala a la ley que le permite?

En materia judicial, los legisladores han querido evitar el mal por remoto que fuese; han preferido la impunidad de muchos criminales al castigo de inocente y esta regla es la misma cuando la garantía consiste en la organización de los tribunales que cuando se busca en la calificación de las pruebas. Quitemos el principio y si admitimos la minoría en los tribunales, ¿por qué no la admitimos en los testigos? ¿porqué nos detendríamos ante las pruebas excepcionales? Las comisiones han creído perfectamente justo el sentir del sabio Condorcet cuando examinando la organización de los tribunales franceses en la que antes de la revolución existía el mismo vicio, decía “Pero el inconveniente que traen conmigo estas formas complicadas, exponiéndonos a que prevalezcan las decisiones de la minoría, basta para desecharlas totalmente, aun cuando se estuviera seguro de que ese caso no llegaría…”

Ni ha sido en el Senado de México donde por 1ª vez se han notado estos inconvenientes. Precisamente al discutirse en las Cortes españolas esa ley de administración de justicia del año de 13 los Sres. Dau, Creuse y Mejía expusieron la objeción que ella hizo tanta fuerza, que la comisión no pudo contestar, que después de una discusión que consta que fue larga y complicada aunque no se conservarse, volvió el dictamen y que a poco la misma comisión presentó otro en que confesaba no poder remediar el mal “Si aun así no fuere el artículo del agrado de algunos Sres. dice el dictamen la comisión afirma que no hay combinación alguna y basta a satisfacer sus intenciones. Si quieren acallar las quejas que se supone forman los litigantes pero que un menor número de votos en la 3ª instancias destruye lo que había decidido un mayor número en la 1ª y 2ª, es preciso que se desengañen; es tan imposible al menos que se exija uniformidad de dictamen de todos los Jueces, lo que es un imposible también. Supóngase que de dos sentencias conformes dadas la 1ª por un Juez y la 2ª por 4 se apele a la Sala de 3ª instancia, compuesta de 4 Ministros y que de estos, veintiuno revocan las dos sentencias y diez y nueve la confirman. El que tuvo a su favor el voto de estos últimos, cuenta ya con 24: ¿Y quedará tranquilo con que un número menor, aunque grande, le despoje del derecho que creía haber adquirido ya?“ La comisión decía bien: admitida la 3ª instancia no hay forma que prevenga el peligro; pero de aquí no resultaba y se debía pasar por tal organización; se infería solo que era preciso buscar nuevas combinaciones que lo evitaran, se seguía que era conveniente suprimir una instancia; como la mayoría de las comisiones lo han indicado ya y suplico al Senado que sin arredrarse con esta novedad de cincuenta años, me permita defender una reforma que en los países donde más se han estudiado estas materias ya no tienen contrariedades porque no hay una sola razón buena para impugnarla.

De facto Sr. se comprende muy bien la necesidad de que las sentencias de los Tribunales de 1ª instancia sea apelables porque es imposible organizar todos estos Tribunales de tal manera, que den cuántas garantías es posible reunir a la imperfección humana y porqué una nueva discusión ante un número mayor de Jueces que se suponen más experimentados puede rectificar un error.

Pero cuando el negocio va ya a las capitales y se decide ante los Tribunales Supremos, o la 3ª instancia no da más garantías que la 2ª y entonces es inútil y gravosa, o las da mayores y en este caso, esas mismas garantías provienen necesariamente de algunas circunstancias que faltan en la 2ª y que hay en la 3ª como un número mayor, formas más acertadas o Jueces con más saber y entonces ¿por qué no colocarlas en la 2ª instancia? ¿Qué objeto racional tienen esos fallos que ni resultan de la inmediata instrucción del proceso como los de 1ª instancia, ni los dictámenes como en la 3ª esos fallos que no pudiendo causar ejecutoria en ningún caso, gravan a las partes con gastos y dilucidan sin resultado y las exponen a que prevalezca el dictamen de la minoría?

Para comprender su consistencia es necesario atender a su origen histórico, y mirar en la institución de cada nuevo recurso la complicación del sistema feudal, con los privilegios de las Ciudades y el acrecentamiento del poder real. En aquel estado social la organización de los tribunales no tenía como principio único el acierto de sus fallos sino la jurisdicción y el poder de quienes la establecían o lo formaban, y así la complicación que estas causas introdujeron, debió desaparecer cuando la revolución dio al poder un título único la voluntad de la nación, y a la ley un solo objeto, “el bien público”. En Francia, por las mismas causas que en España, las jurisdicciones eran todavía más complicadas, y allí, cuando la Asamblea nacional decretó la completa reorganización judicial, Thouret estableció como uno de los principios de la reforma este “que en ninguna causa hubiera más de dos instancias”; ese principio fue admitido y aprobado sin contradicción en aquel cuerpo donde se reunieron tantos talentos y un saber tan profundo y desde entonces esa simplificación de los procedimientos se ha conservado intacta a pesar de todos los cambios políticos que se siguieron para que todos la consideraran como una mejora preciosa ¿carecerán por esto los franceses de las garantías sociales? ¿Y la comisión merecerá que se le diga que legisla dando bajos y reveses porque indica lo que está adoptado en uno de los pueblos más ilustrados del mundo y cuando cuenta con el apoyo de sabios de primer orden y de una experiencia favorable de medio siglo?

Sobre este punto, no puedo menos que advertir la equivocación muy notable en la que ha incurrido el Sr. Peña citando a Fritot en favor de otras tres instancias. Después de manifestar este publicista cómo las instituciones liberales traen consigo la lentitud y escrupulosidad de los procedimientos judiciales dice lo que sigue según lo ha copiado el Sr. Peña “en el dice se ha conseguido el término medio en materia civiles, correccionales y de policía, y algunas veces en materia de cuenta y razón administrativa y contenciosa. Es un punto de legislación benéfico y saludable el que admita los tres grados de jurisdicción cuáles son: la vista en 1ª instancia, la apelación y el recurso en casación por vicio de forma o violación de la ley: ____. Digan lo que quieran los detractores de este nuevo orden de organización judicial, es de esperar que cada día se verá consolidarse y fortificarse más y más, y al fin que admitirá toda la extensión de apelación que deben recibir los principios en que está fundado ___ Acabamos de decir que los tres grados de jurisdicción existen en materia de policía, en materia correccional no menos que en la civil pero si son necesarios para el fallo de deliberar simples cuya convicción no trae consigo más que unas penas ligeras ¿por qué no lo son cuando se trata de la aplicación de penas aflictivas o infamantes y aun de una sentencia o pena capital? Sobre este punto puede necesariamente preguntarse ¿es el honor y la vida de los hombres son menos que su libertad y que sus bienes?

He aquí indicada abiertamente dice el Sr. Peña con la doctrina formada de este célebre publicista extranjero las legislaciones española y mexicana de este punto de las instancias judiciales más yo entiendo Sr. que aquí en vez de estar confirmado nuestro sistema se haya confirmado el que el Sr. Peña impugna; porqué Fritot propone como modelo la 1ª instancia, la apelación y el recurso de casación que es el de nulidad y no una 3ª instancia a no ser que nosotros tengamos cuatro. Y la misma equivocación se ha padecido al citar a Macarel, quien también propone un Juez único de 1ª instancia, un Tribunal de 2º grado y un Supremo Tribunal de nulidad según resulta de las palabras copiadas por el Sr. Peña ____ La opinión pues de estos autores imparciales, está reducida a la siguiente importa con especialidad que se desempeñen dignamente los empleos judiciales y que para ello se ponga en el nombramiento el más escrupuloso cuidado; que siendo corto el número de tribunales y de miembros en cada uno de ellos, puedan ser de mucha trascendencia las ventajas de los Magistrados y se asegure la consideración de estos por medio de miramientos que sería preferible no atribuir en cada jurisdicción sino a un solo Juez la decisión de todas las causas, cuando 1ª instancia pero que en general es indispensable que el número de Magistrados sea el más corto posible…. Un Tribunal Supremo que mantenga la uniformidad en la aplicación de las leyes anulando las sentencias que las hubieses menospreciado o violado. Finalmente, en toda la extensión del territorio Jueces de recurso primero a proximidad de los demandantes, Jueces de 2º grado que estén más distantes de estos y para todas partes el más corto número posible de Magistrados en cada uno de estos juzgados. En cuanto a Meyer no lo he podido consultar; pero marca el presente su opinión como del todo conforme con la que el adopta.

Más las tres instancias se replica son necesarias para que cuando las dos primeras no están conformes ninguna puede prevalecer siendo ambas dictadas por un mismo número de Ministros de un mismo Tribunal; y porqué aun como en el poder legislativo es conveniente la división de las Cámaras, lo es en el Judicial la revisión de una misma tendencia por diversas Salas. Estos son los dos únicos argumentos que se nos hacen, además de la oposición de citar que acabamos de ver: a los dos contestaré aunque con el temor de ser demasiado molesto desde luego que no se encuentra razón para la 3ª instancia cuando la 1ª y 2ª sentencias hayan sido conformes; esta sería ya por lo mismo una reforma muy digna de aprobarse; y se ve también que el argumento se saca solo de la necesidad de decidir entre dos autoridades iguales; de manera que si, como yo propongo, se organizara la 2ª instancia de un modo diverso respecto de la 1ª y se reunirán en ella cuantos elementos de acierto pudieran buscarse después en la 3ª, cesaría del todo el motivo que se alega: estas dos sentencias nunca serían de igual peso y la 2ª prevalecería siempre, con la ventaja de que esta combinación sería imposible; un mal que no tiene modo de salvarse con la 3ª a saber, el que prevalezca el sentir se la minoría contra el de la mayoría. Todo sistema debe por otra parte tener consecuencia, y si admitimos como necesaria una 3ª instancia para decidir entre dos sentencias contrarias cuando las dos primeras están conformes y la 3ª revoca, en este caso ¿por qué no permitimos una cuarta que decida entre estos dos pareceres de fuerza también muy equilibrada? Yo confieso francamente que si ha de haber tres instancias, para la primera razón expuesta no concibo por qué no debe haber cuatro o cinco.

Ahora, respecto del argumento de analogía que es por lo general el más débil de todos los argumentos, contestaremos primero con número que entre la organización de los tribunales y la de los legisladores hay tan enormes diferencias, que ninguna analogía puede firmarse. El legislador haciendo la ley cría los derechos y manda para lo futuro: el Juez no tiene más que aplicarla a un hecho pasado y que respetar un derecho preexistente; de donde se sigue que mientras uno no ve más que la cuestión abstracta, el otro contempla siempre un hecho particular; que el legislador hace todo lo que le parece conveniente y que el Juez solo lo que es justo; que el uno a nadie responde y que el hecho y la pena de la ley amenaza siempre al otro; que el Juez debe ser desapasionado y perpetuo y el legislador de expresión inteligente y elevada de las opiniones y de las necesidades de su época, es necesario que cambie con estas lo que la división de las dos no tiene por objeto, ni una discusión, ni el apoyo de mayor número de votos; sino que representa lo que los tribunales jamás tendrán que representar; la división de las cámaras representa la división de intereses y tendencias que impulsan a la sociedad; y se establece en las repúblicas para templar el empuje de la democracia y conservar el espíritu y las tradiciones del gobierno en un aparato moderador: y 3º que si la analogía fuera buena, ella confirmaría la necesidad de dos instancias no la de tres puesto que no hay tres cámaras y por último que tampoco hay analogía entre el modo de formar una ley y el de dictar una sentencia; porque para la ley se exige la conformidad de los dos aparatos legisladores y aun la del ejecutivo esta puede muy bien no darse respecto de la sentencia; como no es posible dejar sin ella un proceso, si forzoso resignarse a que prevalezca el último parecer aunque está en contradicción abierta con todos los otros y así tenemos que es necesario concentrar todos los medios de acierto en este tribunal último.

Y si esto no es así, vuelvo a preguntar ¿para qué se grava a los litigantes con dilación y cobros muy considerables si lo que han de obtener es solo una sentencia que en ningún caso ha de acusar ejecutoria? ¿Para qué se conserva una instancia que de nada sirve y que trae consigo el enorme el imponderable mal de no poder impedir que prevalezca entre la mayoría el dictamen de la minoría? …. Yo no lo sé, más lo que veo es que en los juicios sumarios y en los ejecutivos no hay 3ª instancia y sin embargo nadie se queja de que en ellos falten garantías y veo más, que esas mismas leyes que cuando se versa el interés de que permiten implicar de las sentencias de 2ª instancia que confirmó la de 1ª en caso igual niegan ese recurso si la causa es criminal ¿acaso un hombre como dice Meyer necesita más garantía cuando se compromete una parte tal vez pequeña de su fortuna que cuando se decide de su honor y su vida? Sin embargo, todo esto subsiste porque el hombre se familiariza con lo que ve todos los días porque la preocupación gobierna al mundo. Pero los abusos y con más motivo las simples preocupaciones no tardan en ceder después de que se les ha atacado con las armas poderosas de la razón; y así, yo espero que antes de mucho tiempo la abolición de nuestras 2as instancias nos de derecho para decir que estamos en este punto a nivel de los principios de la buena legislación y de los ejemplos de las naciones más civilizadas.

Más no por esto pretendemos tampoco que semejante reforma se decrete desde luego, ni ella es la consecuencia de la reducción propuesta porque sin más que 9 Ministros o numerarios en la Suprema Corte de Justicia se puede todavía conservar la 3ª instancia y una sala de 5 adoptando ley aprobada por el Senado, la de dos Salas; y por lo que hace a los actos comunes estos son tan raros que para causas las que pasan muchos años sin que se presente una, no se necesita tener un tribunal permanente. Me parece que en Inglaterra y en los Estados Unidos, después de declararse que ha lugar a formación de causa cuando se trata de libros comunes de los altos funcionarios, se pasan los asuntos a los Jueces naturales del acusado.

Más si tampoco se quiere innovar en este punto, si se desea que ciertos negocios comiencen en el Alto Tribunal de la Federación desde su 1ª instancia ¿qué necesidad hay de que esta instancia pase ante un Tribunal Colegiado? En otra legislación, en casi todos los negocios pasan ante un Juez único y así es muy conveniente para que se expedita la sustanciación que es su objeto principal: en la misma Suprema Corte vemos que en las 1as instancias se faculta al Semanero para la práctica de las diligencias lo cual indica el inconveniente de un Tribunal Colegiado para la 1ª instancia ¿por qué no se admitiría que el mismo fallase; puede que su sentencia tenía que ser revisada por otras dos Salas una de 3 y otra de 5 aunque sería esta la organización que yo más deseara entiendo que ella no puede ser objetada por que partidarios de las 3 instancias y las Salas de cinco.

Y si llevando la posición al último extremo, también esto se desechase si se rehusase suprimir la 3ª instancia que no es más de una preocupación sin crédito yo en los países más ilustrados, si insistimos en conservar como un sistema perfecto nuestras 3 instancias con sus 3 Ministros las 1as y la última como están hoy para que continuara esa funesta facilidad de prevalecer el dictamen del menor número tampoco en este extremo se necesitarían los 11 porque en la 3ª instancia podrían agregarse dos supernumerarios. Esta medida no introduce novedad; es precisamente lo dispuesto en el artículo 35 de la ley de 14 de febrero de 1826, “En toda causa sea civil o criminal, concurrirán precisamente 5 Jueces en 3ª instancia asistiendo para ello los dos Ministros menos antiguos de la primera Sala si la 2ª o 3ª fueren las que hubieren de conocer”. Y no se nos diga Sres. que este arbitrio es un refugio sin sustancia y de puras voces y términos porque siendo diaria la necesidad de la Sala de 5 los supernumerarios se convertirían en fijos; ya tenemos visto que para negocios que no tienen en la Corte tres instancias y tales son las competencias y los recursos  de fuerza bien puede haber constantemente Sala de 5 con los propietarios de aquí es que solo se necesitaría recurrir a los supernumerarios para las 3as instancias de los negocios que han comenzado en el mismo tribunal; y lejos muy lejos de que este sea un caso diario; esos negocios, los expresados en el artículo 22 de la ley citada, ocurren muy de tarde en tarde tanto que hasta hoy en 25 años yo no sé de uno solo que haya llegado a la 3ª instancia. Y repito ¿sería justo conservar dos Ministros para cuando llegase un caso tan raro que de 1824 todavía no ocurre? He aquí Señor lo que veníamos que contestar a cuantas objeciones se nos han hecho.

¿Y por qué se nos preguntará tanto empeño en defender ese artículo en introducir tal reforma? La respuesta es muy fácil y tan obvia que todos adivinaran mis palabras. Las comisiones no tienen empeño en este artículo ni en ningún otro: cumplen con su deber proponiendo lo que entienden sea mejor, y si el voto de aprobación del Senado lisonjea su amor propio y les inspira la satisfacción de haber contribuido al bien, están muy persuadidas de la justificación y de la sabiduría. La misma cámara puede no respetar su decisión cuando es contraria, las comisiones pusieron ese artículo con el empeño de no aumentar las erogaciones del erario ahora que tantos despilfarros en algunos ramos y tantos desaciertos nos han traído a un estado de bancarrota que hace necesarias las economías en todo y la consultamos todavía más que por esta razón de economía para que aumentando un Tribunal con cuatro Ministros supernumerarios y un Fiscal queríamos en bien y honor de la magistratura que fuese posible y fácil llenar estos puntos eminentes con hombres que siguieran honrándolos con su saber y sus virtudes; lo cual se hacía difícil porqué para nuestra vergüenza la magistratura ha venido a ser una carrera de miseria y de sufrimiento por más que el mal y su remedio estén indicados desde el Congreso Constituyente de 1842. Quisimos como recomienda Macarel en el libro citado por el Sr. Peña que siendo corto el número de tribunales y de miembros en cada uno de estos, pudieran ser notables las ventajas de los Magistrados y se pudiera también asegurar la consideración de estos para medios que perderían su valor si se prodigasen y hemos insistido en que este era el tiempo más oportuno para semejante reforma porque hoy tenemos una circunstancia rara que no se repetirá en mucho tiempo y que la facilita la circunstancia de que habiendo 3 o 4 vacantes en la Suprema Corte de Justicia, no ofende ningunos intereses ni destruye las esperanzas; mientras de que si se decretara el nombramiento de los 4 supernumerarios sin reunir el número de los propietarios, aunque el legislador quisiera arreglar mañana la organización judicial con mayores economías, le sería muy difícil si no imposible adoptar la reforma porque ya se sabe todo lo que pueden esta clase de consideración. Y esta razón, Sr. es de tanto; pero para mí que si tuviera alguna duda acerca de las razones que he expuesto y que se me presentan con toda la fuerza de la verdad, bastaría ella sola para decidirme; porque si erramos reduciendo a 9 el número de Ministros, todos los días son buenos y todas las ocasiones favorables para crear nuevos empleos, mientras que si el error está de parte de los que pretenden que haya 11 Ministros, perdida esta ocasión, la reforma se hará imposible porque encontrará siempre con el respeto debido a los intereses creados y con la resistencia de un cuerpo poderoso por lo que el error sería irreparable.

Ahora, después de empeñado el debate las comisiones, lo han sostenido sin espíritu de sistema y muy distante del de entrar en polémica; pero premisas de satisfacer al Senado, de que el desempeño de su augusta confianza no han procedido con ligereza, y también de que su ignorancia no atrajese toda la cámara la desfavorable opinión de que los proyectos de ley que se presentan para sus comisiones, son tan insensatos como se necesitaría que lo fuesen para que ellos merecieran calificarse de cavilosidades sofisticas de estupendas novedades y de doctrinas contrarias al espíritu de toda buena legislación y como precisamente estaban de su parte la teoría filosófica que ilustra las cuestiones de legislación, el apoyo de hombres eminentes en la ciencia, el ejemplo de las naciones que se hayan a la vanguardia de la civilización, y el espíritu mismo de nuestras leyes nos ha sido y nos será preciso abogar por tan buena causa con la decisión que producen el conocimiento de la verdad y el deseo mismo de introducir mejoras en uno de los ramos de la administración pública que más lo necesitan entre nosotros.

Si no nos equivocamos he logrado manifestar que reducido a 9 el número de Ministros de la Suprema Corte puede de pronto comenzarse la organización actual de las instancias sin causar trastorno alguno ni producir el menor mal, y convenciéndose así con este elemento de reforma para que cuando se expida la ley constitucional que organice el Poder Judicial de la Federación, ley cuya urgencia es suma, pueda el Congreso determinar sus procedimientos y establecer sus instancias de manera que se obtengan los grandes bienes que las naciones buscan en sus Tribunales celeridad en los procedimientos y aciertos en los fallos.

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