"VI. ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA

A todo lo que llevamos dicho respecto del comercio y la agricultura, debemos agregar un mal todavía más grave, y que si bien destruye a toda la sociedad atacándola en sus cimientos, ataca muy particularmente a aquellas dos clases que, como todo el mundo sabe, no pueden existir ni mucho menos prosperar sino bajo la sombra del orden y de la confianza pública.

Ese mal es la falta de administración de justicia. En vez de un código claro y conciso, nuestra legislación es un caos, de donde así el litigante honrado como el de mala fe pueden sacar multitud de leyes diversas para hacer eterno y contencioso el asunto más sencillo del mundo. Los procedimientos son lentos y costosos, de manera que, cualquier negocio algo difícil, puede asegurarse que no tiene fin en la vía judicial, mientras tengan dinero y ganas de gastarlo las partes contendientes. Hay expedientes en México, cuyo primer escrito tiene más de cien años de fecha, y no han sido bastantes los pasos dados ni el dinero gastado por tres generaciones seguidas, para lograr que se resuelva definitivamente el punto en cuestión.

Las cárceles, llenas siempre de hombres viciosos y criminales de todas clases, que viven reunidos indistintamente, lejos de servirles de castigo o corrección, puede decirse que son verdaderas cátedras de prostitución y de maldades, pudiendo también asegurarse que el criminal novicio que entra en ellas por la primera vez, al salir de allí es un consumado pícaro, que no conserva ni el más pequeño resto de vergüenza. Muy rara es la vez que se oye anunciar la muerte de un criminal por mandamiento de la justicia, al paso que todos los días se repiten los atentados contra la propiedad y aun contra la vida en los caminos y en las poblaciones. Sólo en la cárcel de México hay ordinariamente 600, 800 y hasta 1, 000 malhechores, y aunque la mayor parte de ellos no están allí por delitos graves, los hay que han cometido ocho y más robos y asesinatos. Sin embargo, estos famosos criminales pasan los meses y aún los años en aquel encierro, y el día menos pensado logran escaparse para ir a ejecutar nuevas maldades, como es natural en vista de la impunidad, burlándose así de la justicia y de la misma sociedad.

Preciso es convenir en que nada bueno puede haber en un país, donde por la falta de una pronta y recta administración de justicia, no existe de hecho la base fundamental de toda sociedad organizada, que es la garantía de la vida y de la propiedad. 

Por este motivo, México puede decirse que es el país de las transacciones, pues por evitar un pleito siempre costoso y casi nunca satisfactorio en sus resultados, se hace preciso transar con el fullero, con el estafador, con el falsario, y aun con los mismos ladrones y asesinos, siendo por lo tanto el antiguo adagio de que: “más vale una mala composición que un buen pleito”; el código único de que hacen uso aquí todos los hombres prudentes, que no quieren perder su paciencia y su dinero en trámites y contestaciones, tanto más desagradables, cuanto que al fin no hay seguridad de conseguir el objeto, aun cuando sea muy justo su reclamo. El comerciante y el propietario transan con su deudor de mala fe, y quedan muy satisfechos con cualquier cosa que consigan en la transacción, bien persuadidos de que si emprenden un pleito lo pierden tal vez todo. El hacendado transa también con el bandido de camino real, albergándolo en su propia hacienda y festejándolo como a su mejor amigo, aunque lo haya robado algunas veces, sin ocurrirle jamás el mal pensamiento de denunciarlo o entregarlo a la justicia, porque es seguro que después de tenerlo algún tiempo corto en el cárcel, lo pondrá en libertad, y él quedará expuesto a su venganza. Por último, los arrieros y traficantes que, por su profesión tienen que vivir constantemente en los caminos, se ven también obligados a llevar amistad y buenas relaciones con los mismos ladrones, como el único medio de tener alguna seguridad."

Mariano Otero, Consideraciones sobre la situación política y social de la República Mexicana en el año 1847, México, 1848, Valdés y Redondas, impresores.

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